Los desnudistas

“Si queréis vender cien mil ejemplares de una edición extraordinaria -decía el profesor Dovivat, cuando yo estudiaba periodismo en la vieja Universidad del Unter den Linden de Berlín-, poned en primera página la noticia del atentado contra un personaje muy conocido. Si queréis vender doscientos mil, reservad la primera página a la fotografía de una mujer desnuda”.

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Pero ¿cómo comportarse cuando a las mesas de la redacción llegan simultáneamente todas las fotografías de las primeras chicas suecas que utilizan el “monopieza”, denominado aquí el “sin b.h.”, por ser “b.h.” las iniciales suecas de la palabra “sujetador”? Los diarios de la tarde han seguido la luminosa regla del profesor Dovivat; y, encima, han publicado también en las páginas interiores fotografías de las chicas con el torso desnudo, vistas de perfil, de espaldas y de cara.

En Suecia, la aparición de las “sin b.h.” ha provocado reacciones muy diferentes de las observadas en otros países. Las que se han presentado en una piscina con el pecho al aire no han sido modelos deseosas de publicidad o ansiosas de ganar una apuesta, sino algunas chicas desconocidas, que tan sólo querían el bronceado casi integral. Y nadie ha llamado a la Policía. Por el contrario, cuando los periodistas han ido a pedir el parecer del jefe de la sección de las buenas costumbres, les ha sido dicho que “no existe en Suecia ninguna ley contra el desnudismo, parcial o integral. Nosotros podemos intervenir tan sólo si los trajes de baño sin sujetador escandalizasen a alguna persona y si se presentaba una denuncia en debida forma”.

Alguien ha recordado una cause célèbre, ocurrida en el año 1949, cuando dos chiquillas fueron denunciadas por una vecina porque, tumbadas en el balcón de su vivienda, tomaban el sol con solamente las bragas puestas. Los diarios se dividieron en dos campos: los que se indignaron por la ofensa al pudor, y los que sostuvieron el derecho de toda mujer a tomar el sol sobre algunos de los órganos más vitales de su cuerpo. Eran precisamente los días en que el Parlamento había abolido la ley contra la homosexualidad, afirmando que todo individuo debía poder escoger su propia moral, y parecía extraño que se quisiese negar a las chicas el derecho a tomar libremente un poco de sol. ¿Acaso no estaba ya en vigor, en algunas islas, como en Visby, una ley no escrita que permitía a las mujeres tomar el sol sin sujetador mientras permaneciesen tendidas en la playa, de bruces o panza arriba, a condición de que se pusieran de nuevo aquella prenda cuando se levantasen? Y el magistrado se limitó a condenar a las chicas a una pequeña multa.

¿Cómo hubiese podido el juez mostrarse más severo en un país que cuenta con media docena de asociaciones “naturistas” cuyos socios se reúnen en algunas pequeñas islas del archipiélago? ¿Acaso no existe en Estocolmo un establecimiento de baños flotante con una sauna para desnudistas? ¿Cuántos son los suecos que cuando se encuentran en su stuga -en su casita de campo a orillas de una de las tantas islas o de las larguísimas costas solitarias- se meten en el agua con el bañador puesto? Faltan, en cambio, playas reservadas a los desnudistas, semejantes a las de la Alemania septentrional.

“Chicas suecas, tirad el sujetador cuando toméis el sol en público. Y si os condenan a una multa, la pagaremos nosotros -proclama un diario de la mañana-. Durante demasiados siglos -escribe- han sido los hombres quienes han dictado la ley en materia de indumentaria femenina. Ahora ha llegado el momento para las mujeres de reconquistar la libertad. El sujetador es una prenda primitiva y bárbara, digna de la hipocresía masculina. Queridas lectoras, os aconsejamos que tiréis el sujetador y que actuéis todas juntas. Nosotros os apoyaremos y os defenderemos”. El tono quiere ser jocoso, pero algunas chicas se han tomado en serio las palabras del periódico. Otro diario, el Aftonbladet, publica la fotografía de una muchacha con un bañador de dos piezas y escribe: “lectores, contempladla: es uno de los últimos ejemplares de una especie en trance de extinguirse”.

En la polémica “sujetador, sí; sujetador, no” intervienen los directores de seis grandes establecimientos de baños y piscinas, que anuncian: “Bienvenidas a nuestra casa las chicas de torso desnudo”. Tomando posición contra los directivos de dos piscinas de Estocolmo, que habían hecho pública su intención de hacer expulsar por los bañeros a las chicas que solo se cubren con el “monopieza”, el director de la piscina pública de Malmoe ha declarado a un director del Expressen : “Esas chicas valientes representan un óptimo instrumento de publicidad turística. No tenemos nada que objetar contra un busto hermoso. Y, si la Policía no nos ordena lo contrario, seremos muy felices de albergar la nueva moda”. Le hace eco el director de uno de los más elegantes hoteles suecos, en Falsterbo, diciendo: “No debemos rechazar las innovaciones de la Era moderna”. Y su colega de otra pequeña población balnearia es más generoso aún: “En nuestra piscina -ha dicho-, las chicas serán libres de ponerse lo que quieran: mucho, poco o nada”. También los directores de los establecimientos de baños de Härnösand y de Smögen (la Capri sueca) se muestran tolerantes, y afirman: “No vemos porque la visión de una chica guapa con el torso desnudo ha de escandalizar a los ciudadanos suecos. Aquí ya ha ocurrido que alguna mujer se haya bañado sin ropa alguna, y nadie se ha asombrado demasiado de ello”.

En otros establecimientos balnearios no se tiene la misma opinión. Hay quien se preocupa por las reacciones de la opinión pública, y hay quien teme las sanciones de la Policía. “Quien quiera bañarse sin sujetador, que se zambulla en la bañera de su casa”, dice el director de la piscina de Tofta, en Visby. “Suecia tiene muchas playas solitarias, muchas islitas donde no se encuentra a nadie: ¿qué necesidad hay de venir a un establecimiento de baños para ponerse el “monopieza”?”, afirma el director de la piscina de Sundsvall.

Los periódicos se han preocupado de sondear a la opinión pública, percatándose de que tan sólo las mujeres maduras y alguna chica demasiado gorda resultan contrarias en principio al “monopieza”, al cual se proclaman favorables casi todos los hombres. De veinte personas interrogadas por un diario de la tarde, que publica fotografías de muchachas en “monopieza”, sólo cinco se han mostrado contrarias a la nueva moda. “Es una vergüenza”, ha declarado la señora Vendla Kall, de sesenta y dos años… Y la misma opinión han expresado Ulrica Landen, de dieciséis años (“iré de vacaciones a Italia, donde seguramente no podré utilizar el monopieza”), Sigrid Hellstroem, de dieciocho años (“soy demasiado tímida…, pero si mis amigas siguen la nueva moda, podré cambiar de opinión”) y Laila Magnusson, de diecisiete años (“el monopieza es una ofensa a la estética”).

He aquí, en cambio, algunas opiniones diferentes. “Tengo cuatro hijas, y si quieren seguir la nueva moda son muy libres de hacerlo”, ha dicho un obrero de sesenta años, Bror Nillson. Y un joven estudiante, Kjell Mellquist, se ha mostrado igualmente tolerante, afirmando que no piensa prohibir a su novia que luzca “monopieza”, pero a condición de que no se lo ponga cuando esté con él. Estas dos declaraciones bastarían ya para mostrar lo profundamente diferente que es la mentalidad sueca de la de los ciudadanos de otros países, especialmente si se piensa que las personas entrevistadas han permitido todas al periódico que publiquen sus nombres y sus fotografías.

“También mi chica podrá bañarse como quiera. No se me ocurrirá seguramente tener celos por una estupidez semejante”, dice Bo Aakerlind, jovenzuelo que estos días ha obtenido el título de bachiller. “Dentro de pocos meses, sólo llevarán sujetador las mujeres de cuerpo feo” (Ann-Mari Johnsson, de dieciocho años). “¿Usar “monopieza”? Ni lo pienso siquiera. Yo siempre me he bañado sin traje” (Eva Soederquist, dependienta, de veinticuatro años). “La idea no es mala, pero habrá que poner cuidado con las insolaciones, el pecho es delicado” (Kikki Hamrin, secretaria de empresa, de veintiún años). He aquí, por último, la declaración más sincera, la del pintor decorador Karl Sandberg, de cincuenta y ocho años: “¡Viva el monopieza! Pero, ¿por qué no lo han introducido antes, cuando yo todavía era joven?” (Esta “Hoja de Diario” es del verano de 1964. De regreso en Suecia, en 1966, he visto que el “monopieza” no ha arraigado. Las suecas siguen bañándose desnudas cuando se encuentran en lugares solitarios. Pero se ponen bañador en las piscinas y playas abiertas al público).

En Estocolmo, durante el verano, se oye hablar en dos lenguas: el sueco y el italiano. Hay días en que los aparcamientos en torno a Strandvägen y a Storegatan los coches con matrículas “A y AA” están en franca minoría con respecto a los automóviles con matrículas “MI, PA, LE, CT, NA, TO, BA, CZ, ME”. Son coches llegados casi siempre de nuestras regiones meridionales; y casi siempre sólo llevan hombres a bordo. Estas dos observaciones ya bastan para dar a entender lo que vienen a buscar en Suecia muchos de nuestros turistas: mujeres. Incluso, para ser más precisos, “las rubias”. Y, para ser más precisos aún, los italianos buscan rubias desnudistas.

Común a todos nuestros viajeros es la decepción por el hecho de que las suecas se zambullen en el mar o en los lagos con traje de baño. La leyenda del desnudismo escandinavo, creada por el filme Ella bailó un solo verano, se resiste a morir. El viajero que no logra descubrir entre los escollos que rodean a Estocolmo una chica sin velos, volverá a Italia convencido de haber tenido mala suerte, con sentimientos análogos a los que quizás experimentan los suecos cuando descubren que los napolitanos comen los spaghetti con tenedor y no con las manos.

Sin embargo, todos los suecos se bañan desnudos, en cuanto tienen posibilidad. Pero, como he dicho, en Suecia no existen -como en Alemania- playas reservadas a los naturistas. No hay necesidad. El país es grande, ofrece a todos privacy y soledad. ¿Por qué tendría que ponerse bañador quien posee una cabaña a orillas de un lago, a buen resguardo de miradas indiscretas, o quien se va a una de las trescientas mil islitas desiertas del archipiélago?.

Además, el amor por la helioterapia integral llevan a los suecos a desertar en los establecimientos de baños la playita reservada a las personas de ambos sexos, y a quedarse -los hombres a un lado, las mujeres a otro- en las terrazas, donde es posible exponer todo el cuerpo al sol. El verano escandinavo es breve: se tiene la impresión de que los suecos quieren resarcirse en el espacio de lo que pierden en el tiempo. Pero los suecos no se bañan sin traje en los lugares frecuentados por turistas extranjeros, que -casi todos- visitan solamente Estocolmo.

Un día, llegaron a Estocolmo unos cuantos amigos míos napolitanos, acompañados por sus esposas, y al unísono me dijeron: “Pero, ¿es verdad que los suecos se bañan desnudos? Ande, sea bueno, háganos ver a los desnudistas”. Y repitieron varías veces la petición, con la insistencia del niño que pide a su papá le lleve al parque zoológico. Por lo que, por no decepcionarles, contesté: “Está bien, vamos a ver a los desnudistas”.

Tomamos el tren para Saltsjöbaden, y el hecho de que durante el trayecto nadie habló de los desnudistas me hizo comprender lo emocionados que estaban mis compañeros. Llegados a Saltsjöbaden, pequeña y elegante estación balnearia en las cercanías inmediatas de Estocolmo, acompañé a mis amigos al establecimiento de baños, que consiste en una playita, donde es obligatorio el bañador, encerrada entre dos secciones, una para hombres y otra para mujeres, rodeadas de altas empalizadas, en las que no hay necesidad de llevar traje. Cuando mis amigos comprendieron que a los hombres les tocaría admirar sólo a los desnudistas masculinos y a las señoras a las desnudistas femeninas, hubo gritos de desilusión; pero yo dije: “Volveremos a hablar de eso dentro de unos instantes, en la playa”.

Naturalmente los hombres fuimos los primeros en llegar a la playa; y un cuarto de hora después, cuando las señoras se decidieron a reunirse con nosotros, nos enteramos de que se habían quedado asombradas de ver aquella cantidad de carne humana, aquel festón de cuerpos expuestos al sol. “Si todas hubiesen sido chicas guapas -decía una señora-, bueno; ¡pero las había de cincuenta y pico de años bien cumplidos!” Y explicaron sus esfuerzos por salvaguardar el pudor, en vista de que la sección femenina (al igual que la masculina) es en forma de herradura vuelta hacia el mar, abierta a las miradas de quien la costea en barca.

“Hay quien se toma la molestia -añadí yo-, saliendo de esta playita, de nadar una veintena de metros mar adentro, disfrutando así de una visión óptima en el interior de las dos secciones”. Las señoras declinaron la invitación, pero tres o cuatro de mis compañeros (todos solteros) se alejaron inmediatamente a nado; y uno de ellos, miope, que se había zambullido con gafas negras graduadas, llevó la imprudencia al extremo de nadar justo delante de la sección femenina, con media cabeza apenas fuera del agua, de suerte que parecía el periscopio de un submarino al acecho.

Pero las desnudas bañistas percibieron al intruso y le obligaron a alejarse, bombardeándolo con sandalias de madera y pelotas de goma.

Más tarde, conté que también existen círculos de desnudistas auténticos, uno de los cuales posee una islita a las puertas de Estocolmo, y que es facilísimo hacerse socio de él: basta pagar una reducida cuota de inscripción y llevar consigo a la esposa o a la “novia”, porque solamente son admitidas las parejas y las chicas solas, pero no los hombres solos. Pregunté a mis amigos si deseaban visitar la isla de los desnudistas; pero las señoras en seguida dijeron que no, también en nombre de los maridos.

Entonces expliqué que el desnudismo, al menos en Escandinavia, representa una rebelión a la tiranía del clima.

En Italia, donde es posible broncearse durante cuatro meses al año, por lo menos, las señoras exponen al sol la mitad o los dos tercios de su epidermis, mientras que las suecas, que sólo pueden contar con un promedio de dos semanas de sol, la exponen toda, cuando están seguras de no ser vistas por extraños. Existen varias modalidades de desnudismo: el inocente de los niños, hasta los ocho o los diez años, a quienes sus mamás jamás pensarían en ponerles bañador; el de las secciones “hombres” y “mujeres”, que cuentan con muchos establecimientos de baños; el auténtico, practicado en los pequeños círculos de naturistas; y el desnudismo de familia, que lleva a padres e hijos a tumbarse desnudos al sol en los prados o los espacios herbosos de los bosques que rodean el chalecito o la cabaña aislada donde muchos suecos pasan las vacaciones, o sea, en sitios donde están seguros de no ser vistos.

Hay, por último, el desnudismo desperdigado, caro a las personas que buscan entre los escollos o en las playas no demasiado frecuentadas un rinconcito solitario. Y puede ocurrir que durante una excursión en barca de vela o lancha motora, si se está entre buenos amigos, nadie piense en ponerse bañador. Pero un desnudismo oficial, tolerado por las autoridades en los lugares públicos, no existe, y una ves, en Visby, he visto intervenir a la Policía (pero con muy suaves amonestaciones) contra un grupo de adolescentes de ambos sexos que corrían desnudos por la playa.

En conclusión: en las playas públicas sólo verás personas con trajes muy decentes, pero si vais a pasear por las costas rocosas encontraréis, agazapadas entre los escollos, docenas de Evas y de Adanes que, si acertáis a pasar a dos pasos de ellos, se echarán encima con gesto enojado una toalla, dispuestos a quitársela en cuanto os hayáis alejado; o, como suelen hacer las mujeres, se limitaran a ponerse de bruces, dejándoos admirar tranquilamente las espaldas y el resto. Pero a pesar de que la práctica desnudista esté tan difundida, el espectáculo no deja de provocar la curiosidad de los propios suecos; y, a menudo, los periódicos hablan de las hazañas de los kikaregubbar, de los “viejos con catalejo”, que se encaraman en los altos árboles para admirar a las rubias suecas en el baño. Lo cual, dicen los periódicos, es en verdad un acto poco simpático.

¡Vaya hombre! -suspiró el joven periscopio, rascándose la nuca en la que se le iba hinchando la pupa producida por una sandalia de madera-. ¡Vaya hombre!.

Fuente: Libro: Suecia, infierno y paraíso (fragmento). Colección La vuelta al Mundo en ochenta libros. Editorial Plaza & Janés S.A. 1969. Autor: Enrico Altavilla. Publicado originalmente en Italiano con el título: Svezia, inferno e paradiso. Rizzoli Editore 1967.

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