¿El guapo que se desnude, y que “se mueran los feos”?

Íntimamente relacionada con el rechazo del desnudismo por anti-erótico (que choca demasiado con las ideas corrientes, y por tanto “decentes”, para ser una objeción popular) está la oposición al mismo por motivos estéticos, cuya influencia anti-desnudista es sin duda muy superior a lo que ordinariamente se cree.

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Ya vimos, en efecto como los viejos, físicamente ya menos atractivos, podían utilizar el vestido, y hacerlo por su fuerza (política, económica y mistificante) obligatorio, para evitar la competencia en belleza de los jóvenes, exigiendo además de la continuidad en su uso el que fueran muy completos, anti-eróticos. En nuestra era democrática se tiende a presentar esta medida no ya bajo esa luz autocrática originaria, lo que la haría repelente, sino que, por el contrario, se combate el desnudo diciendo que el vestido iguala democráticamente a todos, mientras que si existiera la desnudez “esa exhibición” sería para algunos “humillante”, una verdadera “crueldad”, porque no todos son tan perfectos como para poder satisfacer el gusto estético de los otros (Stekel). Democracia y piedad, ¿cómo resistir a esta apelación anti-desnudista?

Respondemos con todo, en primer lugar, que si “el vestido igualara” tendría que ser un vestido muy especial y distinto del ordinario, que sirve para diferenciar social e incluso sexualmente a las personas. Notaremos también que el argumento exagera grandemente la importancia numérica de esas “minorías feas”. No estaríamos de acuerdo con Rousseau en que “la mayoría (de los vestidos) no han sido inventados sino para ocultar alguna deformidad”, ni menos aún en que ésa sea su función ordinaria, aunque reconozcamos el papel activo de ciertas minorías feas que inventan modas (es decir, costumbres, moral) para cubrir a las mayorías guapas, como se quejaba, a propósito de las mujeres, el periódico inglés Gentleman´s Magazine en 1736. Rechazamos pues ese intento de “democratización por lo bajo”, por la degradación de los guapos.

Los mismos trajes deformantes por su cantidad o forma son los que tienen la culpa de ese “enfrentamiento estandarizado” y masivo, intentando después rehacerlo con “presiones internas” de corsés, etc., que constituyen, como notan predicadores y hombres estafados, una verdadera estafa. Sólo hablando de la situación de hecho, pues, puede decirse que el vestido sirve para velar las fealdades (Román de la Rose) y que “en esto como en todo, el misterio atrae y la franca exhibición desencanta” (Ramón y Cajal), o que el pudor “vestimental” enseñado en nuestra cultura ” es acaso la única ley, hija de la civilización, que produce la felicidad” (Stendhal).

También hemos de observar a este respecto que en realidad no sólo nuestros cánones de belleza corporal son ahora dañinamente “sublimes” (con la que la generalidad no se mueve a llegar a esa meta, sino que se descorazona de antemano) sino que nuestra realidad corporal, apenas ejercitada aún en el desnudo semi recuperado, es aún mezquina; la unión de ambos extremos es algo efectivamente lamentable, pero sólo espíritus neuróticos y súper aristocráticos como lo era, generalmente, el de Nietzsche, podrán exagerar la nota hasta decir que “la amargura de mis entrañas es que no os pueda soportar ni desnudos ni vestidos, hombres de esta época”, o, como Fourier, propugnar sólo un descubrimiento parcial, de la región del cuerpo que sea bella en cada caso, típico ejemplo de su manca reforma social.

Símbolo bien visible de esta época de transición y contradicción es el número creciente de films “desnudistas” e incluso de películas “bíblicas”, como una reciente italiana sobre “Adán y Eva”, en donde los protagonistas, desnudos, para no mostrar sus órganos genitales tiene que andar de lado o a reculones; expresión plástica de una civilización que no se atreve a enfrentarse aún cara a cara ni al hombre ni a la mujer, lamentables y ridículos en definitiva para quienes están ya más allá de este punto, pero que pueden servir algo a tantos que aún los encuentran inicialmente tan osados.

Si junto con la contradicción señalada consideramos la incipiente síntesis, ésta ofrece, por el contrario, esperanzadoras perspectivas en orden a una mayor epifanía y descubrimiento del hombre. Balzac decía el siglo pasado que el hombre que miraba a su mujer en el boudoir, es decir, sin sus vestidos y adornos, era un necio (porque se privaba de ese “misterio erótico”) o un filósofo. Nosotros esperamos que abunden cada vez más los “filósofos”, los Diógenes desnudos que vayan buscando con su linterna bien encendida un hombre (o quizá, una mujer).

No sólo pues hay que desmistificar hoy día esa “conjura” de los feos contra los guapos, sino también, como parte de esa otra asechanza, complemento como hemos visto de la anterior, del mito del “súper guapo” (bien lógicamente parte del mito del superhombre nietzscheano), que intenta acomplejar a todos los que no sean unos Apolo o unas Venus para exponer sus modestas pero siempre valiosas prendas. Esto, insistimos en ello, no sólo empeoró síquica, puritanamente, la situación, sino también físicamente: el hecho de no tener nunca ocasión de exhibir el cuerpo desnudo contribuyó poderosamente a descuidar su cultivo en higiene y deporte, haciéndoselo degenerar y por tanto tornarse cada vez más feo. Cabe en buena parte gritar ¡que se mueran los feos! porque “sin duda nadie reprocha a un hombre por haber nacido feo, pero reprochamos a aquellos que lo son por falta de ejercicio y descuido de la higiene” (Aristóteles); a fortiori podemos decir del cuerpo lo que Carrel dice del rostro: “sin darnos cuenta, nuestra cara se modela gradualmente sobre nuestros estados de ánimo. Y, a medida que avanza la edad, se hace la imagen cada vez más exacta de los sentimientos, deseos, aspiraciones de todo el ser. La belleza del joven se deriva de la armonía naturales de los rasgos de su rostro. La belleza, tan rara, de un viejo, manifiesta el estado de su espíritu”.

Hace falta aquí una revolución desveladora, una confesión sincera de la propia actual fealdad, que marque un punto de partida nuevo, aunque por ese mirar cara a cara a la realidad haya que perder viejas y caras ilusiones, como las que sobre la ultra belleza de sus mujeres se hacían los turcos hasta el día que destaparon sus caras.

Fuente: Libro: El des-cubrimiento del hombre (fragmento). Ediciones Ruedo Ibérico 1973. Autor: Martín Sagrera.

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