En Pelotas

Extracto del libro “El Dardo en la Palabra” pág. 1976-77, de Fernando Lázaro Carreter, en la que explica el origen de la expresión estar “en pelotas”.

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Los incuestionables descubrimientos realizados en el cine y en el teatro de nuestro país, han dado impulso a la locución en pelotas para salir del suburbio e instalarse en el idioma corriente, hablado o escrito. Y así –un ejemplo entre mil- he podido leer en un articulista a quien admiro mucho, la verdadera y necesaria afirmación de que “el público de las salas cinematográficas no ululan cuando la actriz se queda en pelotas”. Me fijo en este texto porque puntualiza: “si es que tal vulgarismo puede decirse de una actriz”.

He aquí un equívoco en el que la mayor parte de los hispanohablantes ha caído La historia es simple. Esa locución se documenta en la forma en pelota desde el siglo XVII, aunque debió de surgir en el XVI. Cuando los galeotes corresponden como es sabido a la libertad que les procura Don Quijote, dice Cervantes que “a Sancho le quitaron el gabán y dejáronle en pelota”. Evidentemente, no quedó desnudo, sino “a cuerpo”. Por esa época, la desnudez total se aludía con las locuciones en cueros y en carnes. Y con aquella acepción se documenta a lo largo del seiscientos, aunque cargándose progresivamente de la que va a seguirle. En efecto, el cambio semántico que conducirá del significado ‘a cuerpo’ al de ‘sin ropa’, puede vislumbrarse en este texto de los Avisos de Barrionuevo: “hombres y mujeres, en pelota, medio vestidos y desnudos”. Y aparece ya plenamente confirmado en el siglo XVIII, cuando el Padre Isla habla de “un joven desnudo y en pelota como su madre le parió”. A partir de entonces, no se documenta la vieja acepción, que quedó fijada en las alocuciones en cuerpo y, después, a cuerpo.

Obsérvese que en pelotas surge y se mantiene durante siglos en singular. Y ello porque es herencia de la locución medieval en pellote, con la que se aludía al vestido casero. Trotaconventos persuade a Doña Endrina de que la visite, en el Libro del Buen Amor, con estas palabras: Desde aquí a la mi tienda non hay si non una pasada, en pellote vos iredes como por vuestra morada.

Los cambios de indumentaria –el olvido del pellote- dejaron a merced de la etimología popular y en la locución fue sustituida por pelota, derivado burlesco de piel, latín pellis (se ha dicho que tal vez de pelo, pero no lo creo por el género). Influyó también el hecho de que la pella significara, precisamente, pelota. De ese modo, en pelota equivalía en pellote, esto es ‘a cuerpo’ (o con atuendo casero) sugiriendo ya la hiperbólicamente el desnudo total: ir a cuerpo o en cuerpo (falta de etiqueta que, por ejemplo, en la corte solo era lícita al heredero del rey), era como no ir vestido formalmente, y se ponderaba diciendo que se iba en pura piel, o en puros cueros, en pelota. En el siglo XVIII, como vimos, la locución perdió su sentido hiperbólico, para ajustarse a su significado literal: desnudo totalmente.

Pero la historia prosiguió; en la voz pelota dejó de advertirse su vinculación con piel, y fue creciendo la etimología popular que la asociaba con los atributos viriles. En medios populares, se impuso el plural, y desde el siglo XIX comienza a registrarse en pelotas, tanto en España como en América, alternando con el singular. Éste es dominante en los escritores que poseen buen sentido del idioma, y que no han caído en la vulgar tentación asociativa. He aquí ejemplos de las dos orillas de nuestra lengua: “El jefe se quedó en pelota” (Miguel-Angel Asturias, 1952). “Volvió a hacer la operación de secarse en pelota” (Juan Rulfo, 1953). “A mí no me importa beber, fumar ni andar en pelota” (R. Pérez de Ayala, 1921).

Cuando, en el Diario de un emigrante, Miguel Delibes se expresa por su cuenta, utiliza cuidadosamente el singular; en cambio, cuando es Lorenzo, su gran personaje, quien habla, dice siempre en pelotas. Ningún ejemplo mejor para mostrar la conciencia lingüística alerta, que distingue bien entre el uso propio, de excelente alcurnia, y el vulgar.

¿Qué hacer? En pelotas, que revela una asociación maliciosa y tosca, está extendido por todo el ámbito del idioma, y hay que confesar su rotundidad expresiva. ¿Puede decirse de las mujeres? No sólo las pelotas se les atribuyen para encarecer su valor, sino, directamente, lo que las pelotas evitan nombrar, léanse, si no, los ejemplos que Camilo-José Cela aporta en su Diccionario secreto, I, pp. 105 y ss. Pero fuera de esas hipérboles del carácter y de la valentía, parece evidente que atribuir pelendengues a las damas es barbaridad contra natura. En cambio, el singular, esto es, “en piel o en pellejo”, les acomoda tan bien como a los hombres. Y Pérez de Ayala escribía adecuadamente de una actriz que “se presenta casi en pelota”.

Esto último ocurría en 1921; ahora vuelve a suceder en 1976. Los progresos son bien notables. Pero, dejando esto aparte, me permito recomendar la locución en pelota, y el olvido completo del plural. O si ello resulta ya imposible, que los hablantes distingan con claridad en pelotas y en pelota y que no confundan esta última, el pellejo o cuero, con las témporas.

Fuente: Libro “El Dardo en la Palabra” de Fernando Lázaro Carreter.

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