Necesidad de la experiencia personal

El viejo Séneca decía que había cosas que para saberlas no basta haberlas aprendido, y Shakespeare viene a insistir en este punto, como fundamental que es, porque nuestra civilización intelectualista y objetivista opone aún frecuentemente el conocimiento a la acción, como mutuamente exclusivas, siendo así que solo la praxis “verifica”, realiza, más aún, informa (da vida) a la teoría, que sin ella es, contra toda la teoría tradicional, una verdadera “alma muerta” (en sentido extragogoliano).

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Y esto es particularmente importante en el campo de los sentimientos, del amor y del sexo, en donde las mejores descripciones son, para quien no las experimenta, como la luz para un ciego: de modo que cuando por casualidad después llega a sentir lo que antes oyó descubrir e imaginó, comprende que todo el esfuerzo de comprensión anterior fue inútil, engañoso incluso, opiante a veces, respecto a la realidad que así esperaba comprender.

De ahí también que toda teoría que pretenda “comprender” plenamente la experiencia, y no conducir a ella, todo libro que pretenda sustituir a la experiencia, peca de lesa humanidad. La eficacia real de los libros -según intuyera Gide- es, como la de toda institución e instrumento, hacerse rápidamente inútil, gracias a su misma eficacia. Se comprenderá pues el carácter alineado, idealista, de los hombres que no saben vivir sino apegados y a través de un (y a priori único libro). “Hay que temer al hombre de un solo libro”, como decían los antiguos, pero por las barbaridades que es capaz de cometer basándose en él, o en su exégesis, que es lo mismo.

Concretamente en nuestro caso, de muy poco nos sirvió haber estudiado obstinadamente (con la aplicación del idealista) este problema -que no encajaba en nuestros añejos esquemas mentales- ni incluso el haber visto films nudistas; estas cosas sólo pudieron servir, y sirvieron, como dirían los teólogos entre quienes entonces nos encontrábamos, como preambula fidei, como modos de asegurarnos de la racionabilidad del acto de asistir realmente a un campo naturista, al menos para investigarlo desde dentro. Pero después hizo falta, según esta misma terminología teológica, el acto libre, cualitativamente distinto, pero único realmente “salvífico”, de realizar esa posibilidad. Y esta experiencia concreta de la diferencia enorme entre el conocer y el experimentar fue quizás la primera semilla que fructificara después en nuestro abandono del estéril idealismo filosófico que entonces profesábamos, concomitantemente con el hecho de habernos servido para comprender realmente el fenómeno del nudismo y desmistificar a partir de ahí más fácilmente la alineación sexual de los que se llaman (y de los que son, sin llamarse así, o aun abominando de ese nombre) idealistas.

No debe creerse por ello que nuestra experiencia sea en modo alguno singular: aunque más elaborada que otras por nuestra preparación (e impreparación, inmadurez) anterior, es con todo la experiencia común, pero no banal, sino por el contrario, muy importante, de prácticamente todos cuantos visitan por primera vez un campo naturista en forma participante; y, desde ese punto de vista, tal visita constituye, en relación a su costo en tiempo y otros factores, una de las experiencias humanas más enriquecedoras para el “civilizado medio” occidental.

Hemos subrayado el “en forma participante” para insistir en su condición de experiencia, y no para indicar una de las modalidades de realizar dichas visitas, puesto que precisamente la conveniencia de la participación personal para la comprensión es tan grande y experimentada por los mismos naturistas, que en general no se permite la visita a dichos campos a quienes no estén dispuestos a participar en la desnudez general, quedándose en situación objetiva, extrínseca y, por tanto, in-comprensiva; puesto que su misma presencia vestida (en cuanto implica negativa a desvestirse, ya que los mismos desnudistas habituales se ponen a veces algunas prendas de vestir de un tipo u otro contra el excesivo sol, viento, etc.) desvirtúa “las condiciones de la experiencia”, creando una diferencia de presión síquica, especialmente en el campo sexual -que es el que motiva fundamentalmente tal negativa a desvestirse- que provoca un desequilibrio, desorden, inmoralidad sexual; no por parte de los desnudos, téngase en cuenta, sino de los vestidos, que aparecen como ostentándolos ante los demás, con el fuerte atractivo sexual que esto implica, y sobre todo, porque el hecho de considerar indecente el desnudarse, implícito en su actitud, muestra claramente que, aunque quizá “tolere” y no juzgue indecentes a quienes lo están haciendo ante sus ojos, sin duda e inevitablemente los interpreta sexualmente para si mismo, de un modo que ellos no quieren ser interpretados, y así, en definitiva, fuerza y viola la personalidad y dignidad de los desnudistas. ¿Cabe más clara inmoralidad?.

El que este proceso sea complejo y permanezca generalmente subconsciente excepto en sus últimos efectos no obsta naturalmente en lo más mínimo para su realidad. Como ejemplos en este sentido baste citar uno reciente: el del parque público vienés reservado a quienes querían practicar el desnudismo, por el que pasaban vigilantes con misión de hacer desnudar a quienes encontraran vestidos; y otro antiguo, de alguien tan poco sospechoso al respecto como San Juan Crisóstomo, quien, con su boca de oro (metafórica, pues aún no había empastes) ya sermoneaba a sus fieles contra los peligros del infierno acuático de las termas: “Tal es en verdad la insidia del diablo, que suele ahogar con su voluptuosidad no tanto a los que descienden a nadar con las sirenas desnudas, sino más bien a los que están sentados arriba mirándolo todo” (sic). La práctica espartana en el gimnasio no era diferente, existiendo el principio, según Platón, “desnúdate y ejercítate con todos, o vete”, sin admitirse pues los mirones.

Pero a los que participan, por el contrario, el carácter erótico del desnudo desaparece, no ya “al cuarto de hora”, sino que desaparece inmediatamente. Las experiencias en este sentido son, repitámoslo, prácticamente unánimes, siendo las pocas excepciones que se encuentran atribuibles a las malas condiciones en que ellas se realizaron (como, según nos cuenta Brunet, el empezar a practicar el desnudismo en pequeños grupos de a dos o tres personas, con miembro o miembros del sexo opuesto muy atractivos). Sólo así, por parejas aisladas, podría tener razón lo que Ribot dice de memoria o, mejor dicho, de imaginación. Poned 10 hombres y 10 mujeres desnudos y nueve meses después tendréis 10 niños. Claro que el extremo “individualismo” de Vallejo Nájera también se sale de la cuestión: “Practicad individualmente -dice- las ideas que propagan los desnudistas, nada puede oponérseles nunca desde el punto de vista higiénico, y menos desde el moral”. Nunca los desnudistas han propuesto ese individualismo, luego no son ideas suyas…

Insistimos nosotros en que el neo-desnudista se siente inmediatamente como sumergido en una nueva atmósfera, como en un baño. Así lo nota Royer, en acertada comparación, explicando también en parte el porqué de esa sensación: “¿Es quizás la alegría que se siente al satisfacer de nuevo un instinto perdido hace siglos? ¿Es, más simplemente, la satisfacción de experimentar, y esta vez sobre todo el cuerpo, esa caricia del sol y del aire que no sentimos sino en la cara y las manos y que, aun siendo así tan pequeña, es netamente perceptible?” Algunos desnudistas describen esa estimulación como “celestial”, “perfectamente deliciosa”, “como respirando felicidad” (Frügel). El mismo Aristóteles, ya sea por sentir su encanto, ya para distraer del placer genital, “de bestias”, considera “superior” ese goce en su Ética.

Desde el punto de vista erótico le resultan pues instantáneamente ridículas las prevenciones que al respecto se había quizá formulado, como observa por ejemplo Margaret Sanger; prevenciones que proviene a veces del miedo a la excitación sexual, que en el hombre podría llevar fácilmente en ese caso a que se le señalara con el dedo. Esta objeción parece en efecto definitiva a los idealistas, es decir, a los que se contentan con “imaginar” las cosas y creer que pasarán después como se las imaginaron (algo así como conciben “actúa” el pensamiento divino). De ahí que un doctor católico, Charles Combaluzier, aun reconociendo que “la desnudez total es menos excitante que la parcial” y que “con un poco de entrenamiento puede no engendrar ningún movimiento sexual”, no se atreve con todo a pasar al desnudismo por miedo a ese “periodo intermedio” que imagina existe, esa transitoria, diríamos nosotros, “dictadura del instinto”, que, para utilizar sus inefables palabras, no podría disimularse por causa de “la erección, esa situación inadmisible”. Pero en realidad, incluso en las sesiones de la Liga por Libertad Sexual, la erección no se suele dar sino en el momento del acto (Lind).

Al otro extremo del idealismo -los extremos se tocan, si se nos permite emplear tan venerable expresión en este contexto- ya Nietzsche escribía: “Lo que no se sabe disimular provoca indignación: de ahí por que hay que temer la desnudez: Ah, si fuerais dioses, podríais avergonzaros de vuestros vestidos”. Aunque, a decir verdad, es mismo Nietzsche reconoce repetidamente su poca experiencia en este campo sexual, e incluso se extraña ingenuamente de “acertar” sin conocer… Más científico, el Dr H.C. Warren, en la Psychological Review de marzo de 1932, reconoce que aunque anteriormente le parecía una objeción relevante la posible erección masculina, como “reflejo incontenible” posteriormente, tras su experiencia “campesina” en varios lugares, hubo de constatar “que el más notable fenómeno en la vida de un parque nudista es que este tabú desaparece casi al momento, y sin ningún efecto dañino para la propia moral o visión del mundo. Se comprende rápidamente que el cuerpo humano no es indecente”.

Quienes deseen más testimonios sobre el efecto anti-estimulante, desde el punto de vista sexual, del desnudo observado en esas condiciones, puede recurrir, a más de a toda la literatura desnudista, a recopilaciones al efecto de autores no engagés como Summer o Lagner, amén de los que ya vimos sobre las “colonias”, para quienes no consideren que se trata de razas inferiores e insensibles, por viriles, cuyo testimonio consiguientemente no cuenta. A nosotros nos parecería superfluo seguir insistiendo en ello; más aún, contrario al espíritu científico de nuestra época, en la que estamos aprendiendo -más dificultosamente, por múltiples causas, en ciencias sociales- a no guiarnos ya por “autoridades”, sino por experiencias. En este caso las condiciones de la experiencia no sólo han sido descritas minuciosamente por nosotros, explicando sus efectos eróticamente anti-excitantes, sino que, rara fortuna en esta área, existen múltiples “laboratorios sociales” en donde tal experiencia puede ser fácil y últimamente repetida, no pudiéndosenos pues exigir razonablemente más. No hace falta ir como aquella periodista europea al Sudán para encontrar perfectos gentlemen que le dan la mano y hablen perfecto inglés “a pesar de ir totalmente desnudos”, “la experiencia más fuerte de mi vida” (que podía haber realizado sin necesidad de pasaporte), ni tampoco volver de “países coloniales” para decir como la señora Bishop que “ahora sé que se puede estar desnuda y comportarse como una lady” (Summer).

Fuente: Libro: El des-cubrimiento del hombre (fragmento). Ediciones Ruedo Ibérico 1973. Autor: Martín Sagrera.

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