Del recato al nudismo – España cambia de piel (1970-1980)

En la España de la democracia recién estrenada, el verano de 1978 va a marcar un gran hito en el proceso de liberalización individual.

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Ese verano se impone en las playas mediterráneas la moda del “monokini”. En Tossa, en Benidorm, en Torremolinos, el panorama de mujeres sin sujetador ofrece un plebiscito abrumador. En más de una ocasión, señoras maduras con sus senos estrepitosamente desparramados ofrecen su desnudez de cintura para arriba, llevadas por el imperativo de la moda con la que nos colocamos en cabeza de los países más “progres”, en un bandazo muy propio de nuestra idiosincrasia, tras años de haber sido la reserva espiritual de Occidente.

La innovación no está privada de sobresaltos. En una playa, unos jóvenes al parecer chapados a la antigua deciden desnudarse y se niegan a volver a cubrirse con sus ropas hasta que algunas chicas que toman el sol a pecho descubierto no se tapen. En otra playa, una señora mayor que está con sus dos nietos se pone a protestar en voz alta, indignada por lo que juzga la indecencia de una mocita que lleva sus senos al aire. Otras muchachas, al ver el alboroto, increpan a la señora y un grupo que viste bañador de dos piezas se apresura a quitarse el sostén en solidaridad con la atacada.

Pero la licencia no se limita al topless. En algunas playas de zonas más retiradas empieza a practicarse el nudismo integral. Lo más engorroso para los amantes del naturismo, entre los que se cuentan alemanes, franceses, italianos y escandinavos a los que rápidamente se uniran españoles negadores de que el cuerpo humano tenga partes buenas y partes malas, es la legión de mirones que atraídos por la novedad se apostan en lugares desde los que pueden contemplar hombres y mujeres vestidos todo lo más con un reloj de pulsera.

Frente al nudismo, la reacción gubernativa es débil. Tan sólo en Menorca e Ibiza y, probablemente a instancias de un Poncio Pilato demasiado púdico, la Guardia Civil interviene pidiendo a los nudistas el pasaporte o carné de identidad, pretensión ingenua dado que los interpelados van sin prenda alguna en la que albergar cualquier documentación.

En un reportaje dedicado a la existencia de las playas nudistas se registran datos curiosos, como la insospechada presencia en ella de parejas encueradas procedentes de Navarra o Soria, regiones donde, tradicionalmente, se ha rendido culto al recato más estricto.

Un psicólogo, analizando el fenómeno del nudismo parcial o integral, da esta explicación: De tiempo se ha asociado -aún en las mentes más pretendidamente liberales- desnudez con pecado, falta de ropas con morbosidad, naturismo con sexualidad sucia u oportunidad para relaciones sexuales furtivas. ¡Como si para llevarlas a cabo fuera obligatorio desvestirse! Acaso lo más saludable de este fenómeno del desnudismo en España sea que, pese a la brutalidad de la represión de los siglos pasados, y, concretamente, de los últimos treinta años, hoy puede verse a familias enteras -niños, jóvenes y mayores- tomando el sol sin complejos, tal como vinieron al mundo.

Evidentemente, algo ha cambiado bajo el sol de España, cuando en el curso de una generación se ha pasado de la imposición del bañador completo y de la separación de sexos al común retozar natural de hombres, mujeres y niños tan desnudos como Adán y Eva en el paraíso terrenal.

Fuente: Libro Los años del No-Do. Ediciones Destino 2008. Autores Rafael Abella y Gabriel Cardona.

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