Tahití Tattoos

Cuando la piel habla

La piel es lo más profundo del ser humano, decía Paul Valery. Sin duda porque es el medio a través del cual nos ofrecemos como objetos los unos a los otros. En primer lugar se encuentra el color de la piel. En muchas sociedades reina una jerarquía severa que parte de lo más negro en la base y asciende hasta lo más blanco en la cima, pasando por todos los matices de morenos y ocres. Así ocurría hace menos de un siglo, incluso en Europa, cuando los “blancos” veían el bronceado por el efecto del sol como una marca ignominiosa de la clase social más vil, la de los trabajadores del campo. Los tiempos han cambiado y resultaría apasionante conocer el porqué. Los habitantes de las zonas urbanas se exponen a los rayos solares haciendo caso omiso de los consejos formales de los médicos y realizando a veces desembolsos considerables. Un bonito bronceado, también en invierno, está a la última moda en los países nórdicos, al tiempo que se empieza a perfilar una reivindicación de lo negro black is beautiful.

En esta historia de la piel, el tatuaje ocupa un lugar enigmático y paradójico, dado que el tatuaje occidental y el polinesio se oponen de manera absoluta y sumamente instructiva.

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En nuestro Occidente moderno, la revelación de que algún conocido o alguna persona de nuestro entorno tiene el cuerpo tatuado suscita sentimientos muy diversos. Ante todo, cabe notar que aquí la costumbre dispone que el tatuaje pueda mantenerse secreto. Nadie se tatúa el rostro ni las manos. La persona tatuada se muestra como tal porque así lo desea, desnudando su cuerpo. De esta manera lo que confía es su intimidad y eso basta para conferir al tatuaje una dimensión cercana al erotismo. Es más, los tatuajes occidentales evocan aventuras sentimentales privadas: declaraciones de amor o de odio, venganza jurada o ya aplacada.

Otros tres rasgos parecen unirse a este aspecto secreto y sentimental del tatuaje occidental, que revela orígenes equívocos o incluso crapulosos. Uno se tatúa en la marina, en la legión extranjera y, sobre todo, en la cárcel, especialmente en el penal de trabajos forzados; lo que lleva a pensar en las marcas aplicadas con hierro candente a los galeotes. En segundo lugar, un tatuaje implica sufrimiento. Y, por último, es imborrable. Obsérvese la extraordinaria coherencia de estas características que podrían reunirse en una sola frase: “Mis amigos también están tatuados. Un tatuado jamás traiciona”.

Según parece, podemos partir de esta definición del tatuaje para intentar descifrar “a la occidental” el fenómeno que se produce en las islas polinesias tal y como se presenta ante nuestros ojos. Primeramente resulta evidente que el tatuaje polinesio no tiene ningún carácter secreto, sino todo lo contrario. Cubre ostensiblemente un cuerpo con poca indumentaria, está ahí para ser visto. Es algo totalmente opuesto a un estigma. Incluso puede afirmarse que sustituye a la ropa y viste el cuerpo polinesio. En este sentido conviene recordar que la indumentaria occidental rebasa con creces su función utilitaria. Es cierto que nos vestimos para protegernos del frío y de los contactos agresivos, pero nuestro atuendo es también un signo de coquetería (o de negligencia), de riqueza (o de pobreza), de poder (o de sumisión), de cargo, jerarquía… Nuestra indumentaria es un lenguaje, aunque un lenguaje añadido al cuerpo y secundario con respecto a la función utilitaria.

El tatuaje polinesio también es un lenguaje, pero un lenguaje primario, primordial y original. Gracias al tatuaje el cuerpo se convierte en un signo; es jeroglífico, saber e iniciación. Entonces es cuando el sufrimiento y el carácter indeleble adquieren un sentido completamente diferente del que tiene en Occidente, pues la indumentaria occidental no hace sufrir a quien la lleva y siempre puede cambiarse por otra. Hay en ella una facilidad y una gratuidad que la desacreditan. En cambio, el sufrimiento y el carácter indeleble del tatuaje polinesio están lejos de significar miseria y sordidez, como en el caso occidental. Estas características simplemente cargan de una gravedad incomparable el signo inscrito para siempre en el cuerpo del iniciado.

La finalidad del tatuaje polinesio

Según la tradición, del tatuaje sólo podían disfrutar las clases sociales más elevadas. La finalidad del dibujo era la atracción sexual, la exaltación de la vida y la aspiración a convertirse en dios. Hombres y mujeres se tatuaban diferentes partes del cuerpo. Las diferencias sociales se distinguían con símbolos correspondientes a las diversas capas de la sociedad, bajo el control de los Ari´i, quienes permitían que el iniciado que reuniera nuevos méritos aumentara el número de sus tatuajes. Las mujeres se tatuaban solamente las manos, los brazos, las caderas, los muslos y los pies. No obstante los dibujos eran más elegantes, un ornamento y se realizaba con mayor esmero.

Por el contrario, los hombres solían lucir el cuerpo completamente tatuado, incluido el cuello y las orejas. La cara no se tatuaba; sólo algún guerrero o sacerdote podía lucir un símbolo determinado en la frente o los labios. Los jefes de tribu exhibían una gran variedad de dibujos. El tatuaje de los hombres constituía a menudo un rasgo distintivo: una gran hazaña guerrera o un acontecimiento importante, en definitiva, la prueba de una identidad cultural. Se distinguen cuatro tipos de tatuaje: el de la clase de los dioses, sacerdotes y Ari´i, hereditario y reservado a sus descendientes; Arioi´i, el de los Hui Ari´i destinado a los jefes (hombres y mujeres); la To´ai, el de la clase Hui To´a y Hui Ra´atira, para los jefes guerreros, los guerreros, los bailarines, los remeros, etc.; y, el de la clase Manahune, para los que no pertenecían a ninguna estirpe o sin ascendencia hereditaria notable.

Fuente: Tahiti Tattoos (fragmentos). Fotografías de Gian Paolo Barbieri. Textos de Michel Tournier y Raymond Graffe. Editorial Taschen Verlag GMBH 1998.

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