El arroyo

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El baño

Uno de los grandes placeres del baño, del que no siempre nos damos cuenta pero que no es por eso menos real, es que regresamos momentáneamente al tiempo de nuestros antepasados. Sin estar esclavizados por la ignorancia como el salvaje, nos volvemos como él corporalmente libres al sumergirnos en el agua; nuestros miembros ya no tienen que soportar el odioso contacto de las ropas, y junto con ellas dejamos también sobre la orilla una parte de nuestros prejuicios de ocupación u oficio; ya no somos obreros, comerciantes, profesores o médicos; olvidamos por una hora nuestras herramientas, libros e instrumentos y, de vuelta al estado natural, podríamos creernos todavía en las edades de piedra o bronce durante las cuales los pueblos bárbaros levantaban sus chozas sobre pilotes en medio de los aguas. Como los hombres de épocas remotas estamos libres de todo convencionalismo; nuestra fingida gravedad puede desaparecer y dejar sitio a la ruidosa alegría; nosotros, civilizados, envejecidos por el estudio y la experiencia, nos volvemos niños como en los primeros tiempos de la infancia del mundo.

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Siempre recordaré con qué extrañeza vi por primera vez disfrutar en el río a una compañía de soldados. Niño aún, no podía imaginarme a los militares de otro modo que con sus vestimentas multicolores, las hombreras rojas o amarillas, los botones de metal, los diversos adornos de cuero, lana y tela encerada; no los podía ver de otro modo sino marchando al mismo paso en columnas ordenadas con tambores al frente y oficiales a los costados, como si formaran un inmenso y extraño animal empujado hacia delante por no sé que ciega voluntad. Pero, sorprendentemente, el ser monstruoso al llegar al borde del agua empieza a fragmentarse en grupos dispersos e individuos distintos; ropajes azules y rojos fueron arrojados en montones como vulgares harapos, y de todos esos uniformes de sargentos, cabos y simples soldados, veía salir hombres que se arrojaban al agua con gritos de júbilo. No más obediencia pasiva, no más abdicación de su persona; los nadadores, por un rato de nuevo ellos mismos, se dispersaban libremente por el agua; nada los distinguía ya de los paisanos que retozaban a su lado. Desgraciadamente, se oyó un silbato y la salida se operó de forma súbita. Mientras nosotros continuábamos jugueteando en el agua, nuestros compañeros de un instante huían para ir a recoger sus vestimentas rojas y sus botones numerados, y pronto los vimos alejarse marchando en fila y al paso por la polvorienta carretera.

Fuente del texto: El arroyo (fragmento). Editorial Media Vaca 2001. Autor Élisée Reclus.

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Sobre el libro

La Historia de un arroyo fue, según Gary S. Dunbar, el libro que decía preferir el propio autor de entre todos los que había escrito. Se publicó por primera vez en 1869 (Y se tradujo al español, ya en el siglo siguiente, con el título abreviado de El arroyo), y fue desde entonces un libro muy leído y apreciado. Lo que ofrecía en él Reclus, y en ello estaba su mayor atractivo, era una experiencia ejemplar de diálogo con la naturaleza, de honda relación personal con el paisaje. No era un libro convencional. Era la obra de alguien que había sabido recorrer sin prisa el paisaje, que había sido capaz acercarse a la naturaleza y escucharla. Era una obra en la que Reclus demostraba ser un geógrafo despierto y un excursionista consumado.

Paseando por la orilla del arroyo, pueden los hombres acercarse a la naturaleza, y con ello, dice Reclus, “regenerar su vigor y mantener así su dignidad de seres libres y pensantes”. La naturaleza puede enseñarnos lo que es la verdadera libertad, la libertad que se apoya en una relación armónica y respetuosa con lo que nos rodea. Esa es la libertad que busca Reclus en el paisaje, esa es la lección moral que le proporciona su diálogo con la naturaleza. Y nada mejor para comprobarlo que su experiencia del baño en las aguas del arroyo. Bañarse allí es, para Reclus, un modo de fundirse con la naturaleza, de escuchar sus enseñanzas, una forma de regeneración física y moral. Es una manera de desnudarnos, no sólo de nuestras ropas, sino también, advierte Reclus, de nuestros convencionalismos y de nuestros prejuicios, y de volver a la naturalidad, al goce de la vida libre y alegre de la naturaleza, como “niños” que estuviesen “en los primeros tiempos de la infancia del mundo”.

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Sobre el autor

Élisée Reclus, geógrafo y anarquista, nacido en Sainte Foy la Grande (Gironda, Francia) el 15 de marzo de 1830 y muerto en Thourout, cerca de Bruselas, el 4 de julio de 1905. Geógrafo y anarquista son dos palabras que en una época ya pasada –pero no tan lejana- tenían un significado muy distinto al que generalmente le damos en nuestros días. Ahora la geografía ha sido sustituida por el turismo, y en lugar de viajar para aprender (o digamos mejor, para desprender tanta tontuna), uno recorre miles de kilómetros como quien atraviesa una puerta, sólo para cambiar el paisaje, y no altera sino levemente sus costumbres. Hoy el anarquismo es para muchos alboroto, irreverencia, indisciplina o revoltijo, cuando para Reclus era ni más ni menos que “la más alta expresión del orden”. ¡Qué difícil resulta ahora hablar de algunas cosas! Para el autor de una Geografía que considera a los seres humanos en relación con el medio que lo sustenta, la tierra es la casa donde viven los hombres, y los hombres somos todos hermanos, libres e iguales, dueños de los mismos derechos; todos nos movemos bajo un mismo sol y nuestra sangre es bombeada por idénticos corazones.

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