Reflexiones desde una roca

Conozco un lugar muy bueno para tomar el sol desnudo. Esta situado en plena montaña y a solo quince minutos de mi casa. Se trata de una peña elevada, con la anchura suficiente para estirarte por completo. Para llegar a ella, has de realizar una sencilla escalada libre que te pone a salvo de domingueros y te aísla como un águila en su nido. Eso me encanta ya que, salvo la compañía de naturistas y mentes libres, prefiero no tener gente a mí alrededor, tanto si estoy vestido como desnudo. Me gusta disfrutar de la naturaleza en soledad y tomar el sol en un lugar así me traslada a otra dimensión.

No soy buen escritor; mis palabras son imperfectas. Describir mis emociones mas profundas, por las sensaciones recibidas, implica necesariamente que estas se degraden cuando intento llevarlas al papel. Lamento no poseer ese talento que permite a los verdaderos escritores conectar su mente con lo que desean describir. Así, me es muy difícil dar una idea de lo que siento en esa roca, desnudo.

Soy una persona extremadamente racional; quizá demasiado, dicen algunos. No creo en dioses, espíritus, religiones, tarot, cartas, ni loterías. No me invento remedios fáciles para este mundo en otros. Los problemas no se solucionan con hechizos o rezos. Las afirmaciones que realizamos deben ser demostrables, mensurables y estar explicadas mediante métodos científicos. Como podéis ver mi método resulta tremendamente “impopular”. Por todo esto me resulta chocante, el cierto halo de misticismo que me rodea cuando llevo un tiempo subido a esa roca. Da igual que me encuentre en posición de loto o sencillamente tumbado como en la playa. Los sonidos de la naturaleza llegan nítidos, para alojarse en una parte de mi cerebro y quedar allí incrustados casi como una sensación luminosa por absurdo que resulte. Sin embargo no califico la experiencia como algo espiritual ni verdaderamente místico. No creo en viajes astrales fruto de un estado meditativo, ni en energías que nadie sabe explicar; sencillamente lo tomo como una “sintonización” precisa con la naturaleza.

En nuestro estado actual de hombres y mujeres mayoritariamente textiles en entornos urbanos, hemos perdido la capacidad de escuchar a la naturaleza; nos hemos anestesiado de las placenteras sensaciones que un entorno natural, en plena desnudez física, nos puede proporcionar. Este estado nos llevaría a desnudar también nuestra mente -he dicho mente ya que el concepto de alma es una falacia inventada con intereses muy terrenales- y poder gozar así de maravillas tan simples como satisfactorias.

En esa roca -o en cualquier entorno natural en que me encuentre desnudo y en soledad- mis sentidos se agudizan, o bien sencillamente vuelven a escuchar la naturaleza. El canto de un pájaro, se transforma en una pauta sinfónica que comunica a ese pequeño ser conmigo y con el entorno. La brisa pasa a ser la sensual caricia, apenas insinuada, de un amante sobre mi piel. Mientras tanto el calor del sol funde mis músculos; se acomodan a la roca como si fuera un mullido colchón mientras percibo el corretear de una hormiga en mi pierna. Solo entonces me encuentro en sintonía con la naturaleza y me siento de verdad un naturista.

Es un momento para cerrar los ojos, para concentrarse en el tacto y en el oído. La mente debe quedar libre del mundo social que tanto la manipula y deforma. Erradicar todas las filosofías intolerantes, religiones, medios de comunicación sensacionalistas, leyes estúpidas, códigos morales caducados, normas, normas y más normas que se empeñan constantemente en decirnos como debemos vivir. El dinero deja entonces de importarte; te ríes de la política; las religiones son solo lavados de cerebro; lo militar, algo infame; ¿que importancia puede tener el color de la piel, o una bandera o frontera sobre el mapa?; ¿cuanto vamos a perder si no cuidamos la ecología? ¡Que forma de complicarnos inútilmente la vida!

Amo la filosofía naturista. No se si es la pura o no. Le encuentro tan infinitos matices que muchas son las formas de expresarla; quizás tantas como naturistas hay. Es bella y alegre, respetuosa y sana. Sencillamente paso de todos los disparates que algunos textiles y medios de comunicación dicen sin conocimiento de causa. Me parece bien que alguien vaya desnudo por la calle, si así le apetece, y encuentro igualmente perfecto si solo lo hacen en su casa o en la sauna. Vive y deja vivir, y no te amargues porque cuatro mentes taradas, continúen con la enfermiza obsesión de imponer su punto de vista. Que se vayan a sus infiernos con su mojigatería o que permanezcan aquí, como amigos nuestros, pero respetando a los que no pensamos igual.

Recomiendo a todos que prueben el desnudo en común, una parte fundamental del naturismo, y también que, de vez en cuando, vuelvan al desnudo en solitario. Disfrutar de él en todas sus formas tanto meditativas como meramente físicas, haciendo funcionar la mente o dejándola en blanco. La cuestión es que no anestesiemos, mediante capas de ropa, esas maravillosas sensaciones que solo puede proporcionarnos la piel desnuda. No acoracemos nuestro cuerpo como la espalda de una tortuga y nos privemos del tacto, ese gozoso y primitivo sentido tan olvidado. Si ello implica que nos acaricien o que nos acariciemos nosotros mismos pues adelante. Tanto si el fin es comunicativo como sexual, es perfectamente válido. Son formas de sensaciones que la sociedad ha condenado de diversas maneras. No nos dejemos manipular por gente amargada; sus mentes están ya demasiado anquilosadas y llenas de bilis para cambiar ¡pero ese es su problema!.

Mis torpes palabras no pueden describir mis verdaderos sentimientos. Creo sencillamente que cuando alcanzas ciertos estados mentales, como yo en lo alto de esa roca, creces interiormente; te sientes más próximo al conocimiento de tu cuerpo y la naturaleza. Una inspiración de aire se trasforma en un saborear el entorno; al mismo tiempo cuento todos los sonidos que me llegan, asombrándome de lo numerosos que son. La mente reproduce el lienzo de colores naturales proporcionado por los ojos, pero al mismo tiempo le añade matices cromáticos que quizá no existan, aunque eso no importa demasiado. Mientras tanto extiendo una mano para acariciar el aire tanto como él me acaricia a mí y dejo que el sol me inunde con su energía. Parezco solo ser un hilo conductor entre el astro y el suelo; aprendo de ambos como mis mentores. Ellos estaban aquí millones de años antes que nosotros y seguirán ahí, cuando nuestra estupidez nos autodestruya.

Me conformo pues con esos breves momentos de comunión absoluta con la naturaleza; una sinceridad sensitiva que nunca debimos perder.

Fuente: Libro Para un mundo mejor: Ateismo y Naturismo (fragmento). Editorial Createspace Independent Publishing Platform, United States 2015. Autor: Ricardo Pallejá Herrera.

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