Los baños de mar en el siglo XIX

La calificación de las aguas como bienes de dominio público se hace con la intención de regular su aprovechamiento en favor de los particulares, del estado y de los entes públicos. Los usos comunes que se realizan en estas aguas como pescar, lavar, bañarse, etc… se admiten según un orden determinado, con la posibilidad de que el aprovechamiento de aguas ya concedido para una determinada finalidad pueda ser expropiado a favor de otro legalmente preferente. En este contexto, las playas y con ellas los tradicionales y famosos ‘baños de mar’ se van a convertir en un espacio para afianzar la pertenencia a una determinada clase social; transformándose las ciudades en destinos veraniegos importantes en el siglo XIX. Se abre, por tanto, la veda a los veraneantes, a los bañistas, a los turistas, a la aventura que suponía ir a la playa ya no sólo a tratar de los males respiratorios, circulatorios o reumáticos sino a disfrutar de momentos de ocio y de diversión. Y aunque el mar no fuera un lugar de esparcimiento tradicional hasta las corrientes higienistas de la medicina de finales del siglo XIX, que calaron de una manera importante en las nuevas clases sociales que veraneaban, si se va a convertir la playa en un lugar de disfrute para pasear, divertirse, bañarse, jugar, relacionarse, etc… Y es a esta clase de población a la se intenta atraer en Laredo ya desde mediados de este siglo.

La Villa de Laredo no va a ser diferente a otras villas y se prepara para atraer al turismo de élite. Familias madrileñas como los Gereda, Carasa, Enciso y otras muchas comienzan a veranear en la Villa y muchos de ellos a instalarse construyendo importantes edificaciones que hoy tenemos la suerte de contemplar. Se abre un periodo para exhibir las grandezas y lindezas de nuestra población y sus habitantes.

Emulando a las primeras guías turísticas de viajes por España cuyo inicio data de 1855 con aquella famosa guía “Handbook of travellers in Spain” donde decía Richard Ford “quien dice España dice todo”; Tomás Ibarrondo, que era médico titular de la Villa de Colindres, en el año 1878 publica un libro, a modo de guía turística, para atraer el turismo a Laredo y él nos da una buena pista de a qué público dirige las bondades de nuestra playa y mar, en concreto a los bañistas.

Con ese título “Bañistas” comienza diciendo el citado médico: “Tributarios Madrileños, Vallisoletanos, Burgaleses, etc… ¡Venid! Los que necesitáis equilibrar y restituir la vitalidad gastada en la población; en esos focos de inteligencia social ¡llegad! Jóvenes anémicas a recuperar vuestra sangre. Temperamentos linfáticos y nerviosos; niños débiles y enclenques, acercaos a vivir en las condiciones que os reporten el provecho salutífero que os precisa. Hombres de bufete: pasad aquí veinte días de esparcimiento y descanso, que sólo ello bastan a contrabalancear los efectos de la vida sedentaria con su agitada monotonía. Madres de familia; todas tan amantes que sois de vuestros hijos, traerlos a respirar este aire por treinta días, enfermos, valetudinarios, con ánimo, un poco de discreción y cautela, hallareis en este recinto la salud que demandáis. Vos Touristas, los que venís a buscar las impresiones de la moda para matar el tiempo, aquí se os espera. Médicos: mandad sin miedo a vuestros enfermos a este rinconcito que les proporciona agua que los regenera, alimentos que los entonan y atmósfera que los vivifica….”.

Público castellano adinerado

Se intentaba atraer al público castellano adinerado mediante la exposición de las lindezas de la población, de su playa y sus gentes. A todo este público se vende una idílica playa: “La playa es de dos leguas de extensión sin escollos ni peligros, la más apropiada para niños, señoras y bañistas nuevos y en la que se toma el baño con cierto refinamiento de goce; en la que puede internarse el nadador tuto et iucunde; es decir, con seguridad y placer. Playa que satisface todos los gustos y salva todos los inconvenientes, con un recodo pedregoso donde se mantiene el agua plenamente limpia y fresca, siendo la ola de más energía. Rincón cómodo para la púdica señorita y la robusta matrona… Playa en la que se contempla estático y yo he contemplado más de una vez ese color azulado encantador llamado verdemar”.

“Playa en la que se toma el baño con libertad, desahogo y economía se disfruta con toda plenitud y cabal holgura del placer y de la admirable eficacia de la Villeggiatura marítima” y donde “puede cualquiera bañarse desnudo sin miedo de miradas imprudentes y atrevidas”, para añadir “no se ven aquí mezclados y revueltos los dos sexos, como en otras playas angostas, cosa intolerable y que la decencia condena”. Incluso se intentaba atraer inversiones extranjeras. ¿Cuál es el sitio que debe elegirse en esta playa para baños y que al mismo tiempo que cojamos una buena ola, tengamos seguridad y ancho campo a nuestra fantasía? “A mi entender, (según Ibarrondo) ninguno mejor que el llamado la media luna, y en donde si hubiera empresarios activos e inteligentes, o americanos que formando una pequeña sociedad soltaran parné debía levantarse un pabellón balnenario y ponerle en comunicación con Laredo y Colindres por cierto número de coches”.

Sobre los fueros de Laredo, Ibarrondo, en la segunda mitad del siglo XIX, dice que eran: Dios, pesca, chacolí y bañistas. Y añade el citado autor como reclamo turístico a “las yung-ladies de Laredo y Colindres, tan sencillas, cariñosas, joviales …”.

Aunque la realidad era muy diferente a la que se esperaban los turistas, ya que se encontraban con malas carreteras, malos hospedajes y unos medios de transporte lentísimos además de una población no cualificada para atender al turismo, con reclamos no del todo ciertos y que demostraba que aún no se estaba preparados para dar un servicio del todo adecuado a estos veraneantes.

Fuente: eldiariomontañes.es Texto: Báldomero Brígido.

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