Bob Mizer, el fotógrafo que retrató la sensualidad masculina

Originario de Idaho, Estados Unidos, Bob Mizer fue un fotógrafo y cineasta nacido en 1922, comenzó a hacer fotos a principios de los años cuarenta y se concentró en hombres en poses de culturismo o en parejas que simulaban pelear. Con frecuencia las imágenes mostraban los genitales y eran claramente homoeróticas.

Su obra centrada en el desnudo masculino supuso una transgresión a las normas sociales y legales de su época. Las primeras fotografías de Bob Mizer aparecieron en 1942, tanto en color como en blanco y negro, pero en 1947 su carrera se vio salpicada por el escándalo al ser condenado por distribución ilegal de material “obsceno” a través del servicio postal de Estados Unidos. El material en cuestión era una serie de fotografías en blanco y negro, tomadas por Mizer, de jóvenes culturistas llevando únicamente unos taparrabos llamados “posing straps“, un precursor del tanga. Cumplió una condena de nueve meses de prisión en un campo de trabajo de Saugus, Santa Clarita, California. Aunque ahora pueda parecer ridícula la acusación, en su tiempo, la mera insinuación en una fotografía de desnudez masculina no solo era mal vista, también era ilegal.

Los modelos de Bob Mizer no enseñaban mucho más que cualquier otro culturista de por aquel entonces. Era 1945 y la práctica de tomar fotos a estos deportistas se llevaba realizando desde el siglo anterior, pero las imágenes de Mizer insinuaban mucho más que cualquier otra de su género.

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En Estados Unidos, la ley marcaba claramente los límites en cuanto a vestuario se refiere. Los desnudos integrales estaban prohibidos, pero a aquellos musculosos hombres no les hacía falta mostrarse de esa guisa. Aun con algo de ropa conseguían esa sutil provocación que hacía que esas fotos fueran diferentes al resto. Bob Mizer sabía del tirón que tenían, especialmente entre el público gay.

Bob Mizer pasó 48 años haciendo fotografías y películas para su Athletic Model Guild, y 41 años publicando Physique Pictoral, la primera y más explícita revista gay de Norteamérica. Sus diarios personales, que llevó desde que tenía ocho años, dan cuenta de su clara elección sexual desde su adolescencia, sin embargo hasta la edad de 42 años siguió viviendo y trabajando en la casa de huéspedes de su madre, en Los Ángeles, donde su estricto código de ética le impidió expresar con libertad sus fantasías. Por eso, durante los primeros 24 años de su carrera, sólo trabajó a blanco y negro y tuvo la precaución de no mostrar jamás un desnudo masculino total. Pero después de la muerte de su madre en 1964, Mizer construyó rápidamente un imperio dedicado a los placeres de la carne masculina, donde fotografiaba hombres totalmente desnudos en colores psicodélicos.

En las décadas del 70 y el 80, el viejo hotel de huéspedes que regentaba su madre en Los Ángeles, y tras el fallecimiento de ésta, ocurrido en 1964 se transformó en el hogar de decenas de sus jóvenes modelos, que vivían al aire libre, en sofás y galerías, junto a pollos, gansos, cabras, monos, estatuas romanas, árboles de Navidad abandonados y todas los imaginables objetos de utilería que utilizaba para su cada vez más importante y extravagante obra cinematográfica y fotográfica.

Llamado a menudo “el Hugh Hefner de la industria editorial gay” por su revista pionera, Mizer influenció figuras de arte y la sociedad del mismo modo que lo hizo Hef; desde David Hockney, quien dijo que una de las dos razones por las que viajó a Norteamérica fue para conocer a Bob Mizer, hasta Arnold Schwarzenegger, actual gobernador de California, quien posó para Mizer en 1975.

Es una figura de culto que en entre los homosexuales tiene carácter heroico. ¿Por qué? La respuesta tiene seis cifras: el fotógrafo estadounidense Bob Mizer (1922-1992) hizo aproximadamente un millón de retratos de hombres desnudos —o casi— y en poses que en los ambientes gay son consideradas sensuales o eróticas.

No fue un artista dotado —sus fotografías tienen acabado de calendario y nula intención estética—, pero se comportó con valentía para desarrollar un cuerpo de trabajo polémico y peligroso dados los tabúes y la persecución moral, social y judicial de los años en los que empezó a trabajar, a comienzos de la década de los cuarenta del siglo XX, cuando hacer fotos de mujeres desnudas estaba consentido (siempre que se camuflasrn como artísticas), pero era impesable publicar desnudos masculinos.

Bob Mizer continuó con su obra, fotografiando hasta morir en 1992 y luchó contra la censura de su época, cosa que podemos agradecer hoy en día al poder disfrutar de sus obras.

Un fotógrafo poco entendido en su época y que hoy podría ser considerado como uno de los representantes máximos de la evolución del arte LGBT.

Bob’s World: The Life and Boys of AMG’s Bob Mizer es el primer libro que celebra, a color, la desinhibida segunda parte de la carrera de Bob Mizer. Más de 250 vívidas fotos están acompañadas de una historia oral, con las colaboraciones de los artistas David Hockney, Jack Pierson and John Sonsini, los fotógrafos David Hurles y Hal Roth, los modelos Ben Sorensen y Andrew Sears, y Wayne Stanley, heredero de la finca Mizer. El libro incluye un DVD de una hora de duración que contiene películas de entre los años 1958 a 1980, especialmente editadas para esta publicación.

Más información en el sitio oficial de la Bob Mizer Foundation.

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Photovisión nº 13. Objeto: Hombre.
A Celebration of Man.

Llega a Francia “Nu”, una utopía nudista

El canal de OCS estrena esta ficción con un elenco de actores desnudos… y sin pixelar.

Francia, año 2026. Frank, un expolicía al que da vida el actor Sataya Dusaugey, se despierta de un largo coma. Para su sorpresa, algo ha cambiado en el país: una “ley de transparencia” aprobada cuatro años atrás obliga a todos los habitantes a estar desnudos en lugares públicos. Y parece que la mayor parte de la gente, gracias al cambio climático, disfruta de la nueva situación, con la excepción de un pequeño grupo de opositores.


Ese es el punto de arranque de ‘Nu’ (en castellano, “Desnudo”), la nueva serie del canal digital francés OCS, perteneciente a Orange, que se estrena este mes en el país vecino y promete no dejar indiferente a nadie. Pero esta ficción no solo estará centrada en el choque cultural que supone el naturismo de Estado para el protagonista, sino que Frank deberá resolver un crimen junto a Lucie (Malya Roman) tras la aparición de un cadáver totalmente vestido que ha perturbado la paz de la ahora pacífica sociedad gala.

El artífice de ‘Nu’ es Olivier Fox, guionista de series como ‘Doc Martin’ o ‘R.I.S Police Scientifique’, que ha compuesto esta serie de investigación criminal nudista en forma de diez episodios de media hora de duración: “No estaba obsesionado con hacer una serie con gente desnuda. Ese es, simplemente, el aspecto más obvio del asunto”, asegura Fox a Le Parisien. De hecho, con la desnudez quiere plantear una cuestión de seguridad que le vino a la cabeza tras un tiroteo en una cervecería de su barrio en 2015: “Pensé que deberíamos estar desnudos para demostrar que no tenemos un arma”.

La serie muestra a todos sus actores desnudos, incluso sus genitales sin difuminar, y por ello ha sido calificada para mayores de 16 años. De momento, ningún canal español ha anunciado que vaya a emitir ‘Nu’ en nuestro país.

Fuente: Fotogramas.

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Desnud Arte: Tim Walker y el Jardín de las Delicias

Tim Walker (nacido en 1970), fotógrafo muy conocido por su trabajo en moda sobre todo para los Vogue británico, americano e italiano, ha realizado diversas exposiciones individuales de sus trabajos en espacios tales como la Somerset House (2012), el Design Museum (2008), y el Bowes Museum (2013). Ha recibido numerosos premios a lo largo de su carrera, entre los que se incluyen el Infinity Award for the International Centre for Photography y una beca honoraria de la Royal Photographic Society.

La obsesión de Walker por el maestro holandés del siglo XV, Jheronimus Bosch, le llevó a crear su propia versión de la obra El jardín de las delicias, una pintura enigmática y sugerente, considerada como una de las obras más fascinantes, misteriosas y atrayentes de la historia del arte, que ha cautivado por siglos a generaciones de personas que sucumben ante su encanto provocativo. El conocido e insinuante tríptico recrea momentos del paraíso, el cielo y la tierra. Particulares criaturas a medio camino entre lo humano y la fantasía sucumben a los placeres, los pecados y el disfrute manteniendo relaciones entre ellos, comiendo fruta o retozando por el césped.

Tim Walker en su replanteamiento de universos fantásticos, recreó con personas de carne y hueso, las tentaciones y pecados humanos de la obra El Jardín de las Delicias del pintor holandés Jheronimus Bosch, conocido como “El Bosco”. Con la ayuda de su escenógrafa Shona Heath, el fotógrafo recreó los elementos esenciales del universo boschiano. La sesión fotográfica, que se prolongó durante cinco días, tuvo lugar en Eglinham Hall en Northumberland, y dio lugar a una serie de fotografías sensacionales, simbólicas y altamente sensuales, colmadas de personajes y objetos exquisitamente voluptuosos, inmersos en una puesta en escena profundamente impactante. Acota las escenas y las introduce en habitáculos en los que los modelos aparecen distorsionados por la óptica de la cámara, como disputándose el espacio.

Más información, exposiciones, porfolios, libros, biografía, etc. en su website: Tim Walker.

Nota: Haciendo clic sobre cualquiera de las fotografías puedes visualizarlas en sus tamaños originales, en modo “pase de diapositivas”.

La Grecia Antigua y la exaltación del cuerpo masculino

La representación del cuerpo es un instinto básico del ser humano, y no fueron los griegos, entre los pueblos de la antigüedad, los únicos en representar el cuerpo humano como un objeto hermoso y lleno de significados. Además, igual que en la sociedad actual, en el mundo antiguo el cuerpo de cada persona servía como medio para expresar valores personales y colectivos -riqueza, condición social, clan, género y conformidad o discrepancia- mediante el ropaje, las joyas, los tatuajes, perforaciones y otros métodos para alterar el físico. Pero en ningún otro lugar se dedicó mayor atención al cuerpo como en la Grecia antigua, tanto en el arte como en la vida cotidiana, ni hay ninguna otra civilización donde sea más ostensible el gusto por la desnudez.

En el lenguaje pictórico del antiguo Egipto y de las antiguas civilizaciones de Medio Oriente, el desnudo masculino aparece en los cultos y en contextos específicos como la representación de artesanos o de actos bélicos y sus consecuencias. En la guerra, simboliza el sometimiento o la muerte del vencido. Sin embargo, en el arte griego, y desde siempre, suele ser el héroe triunfador el que aparece desnudo o con alguna pieza de armadura pero con los genitales a la vista, lo que añade un interés al homoerotismo griego. En las escenas de batalla, la desnudez se hace recurso normativo para diferenciar a los guerreros griegos de sus enemigos, en particular los persas, para quienes la desnudez era vergonzosa. De hecho, es tal la presencia de la desnudez en el arte griego de cada periodo que cabría pensar que era normal para hombres y muchachos ir sin vestimenta. Pero la desnudez en público no era norma ni en la guerra, ni mucho menos en la vida cotidiana, sobre todo cuando concurrían ambos sexos. Cuando no había mujeres era normal que los atletas anduvieran desnudos por la escuela de lucha ( palestra) y en el gimnasio, palabra que, de hecho, deriva del vocablo griego gymnos que significa “desvestido”.

Otro contexto en que la desnudez masculina era norma era el symposium, una modalidad griega de fiesta masculina bastante peculiar en la que todos estaban desnudos, bebían vino, cantaban y tenían relaciones sexuales con muchachos y cortesanas.

Para los hombres y muchachos de las clases dirigentes de la antigua Grecia el logro de la areté o “excelencia” iba íntimamente relacionado con el honor. Antes del advenimiento de la democracia y en gran medida durante la misma, el logro de estas dos cualidades era prerrogativa de los hijos de “buena familia”. Honor y excelencia tenían que lograrse, naturalmente, perfeccionando el buen aspecto físico e involucrándose en relaciones sentimentales adecuadas, destacando el armamento para luchar en defensa de la ciudad y, en caso necesario, sucumbir en el campo de batalla con una “muerte hermosa” (kalos thánatos).

En el siglo VI a.C., el concepto de virtud masculina se condensaba en un prototipo de estatua llamada kuoros, lite-ralmente “mancebo”, cuya forma básica y proporciones aritméticamente calculadas eran herencia de Egipto,donde una representación escultórica típica era la efigie del varón de pie con faldellín, cabeza y tronco acordes con la simetría frontal,brazos estirados sobre los costados y piernas separadas con el peso sobre la pierna de atrás. El kouros griego era un maniquí compuesto por los elementos intrínsecos de la virilidad ideal: fuerza, rasgos fuertes y regulares, pelo largo peinado, hombros anchos, bíceps y pectorales desarrollados, cintura avispada, vientre plano, cesura marcada entre torso y vientre, y nalgas y muslos potentes. La satisfacción de haber logrado la areté se reflejabaen la sonrisa arcaica que anima el rostro que, por lo demás carece de expresión.

Hacia finales del siglo VI a.C. los kouroi van perdiendo progresivamente la rigidez de formas angulosas de sus predecesores y acusan un floreciente naturalismo. En algunos ejemplares tardíos es como si hubiera dentro del kouros una figura animada que lucha por liberarse. La estatua de mármol llamada “Efebo de Kritios” marca un notable distanciamiento del genuino esquema del Kouros como representación de la figura humana. Es un cambio sencillo pero magistralmente logrado.

En el diálogo “Cármides” de Platón, del 432 a.C., Sócrates acaba de regresar del servicio militar y se apresura a llegar a la escuela de lucha de Taureas, donde le presentan a Cármides que es kalos kai agathos, es decir, “hermoso y de buen corazón”. Cármides es el modelo de Atenas y lo sigue por doquier una cohorte de admiradores. “Nadie se fijaba en nada y sólo le miraban a él como si fuese una estatua” (agalma). Querefonte pregunta a Sócrates si Cármides le parece bello y Sócrates responde que sí, y Querefonte añade que si Cármides se desvistiera sería como si no tuviera rostro (aprosopos), tan perfecta es la belleza de su cuerpo. La escultura griega de aquella época poseía concretamente el atractivo de reducir la personalidad humana a un prototipo que trasciende la belleza individual para proyectar una especie de canon gráfico de la belleza en sí. Cármides, a ojos de Sócrates, era aún más deseable porque, a pesar de ser objeto de tanta atención, no había en su comportamiento nada que la suscitara, salvo un gracioso rubor propio de su edad que le hacía aún más irresistible por su encanto y sofrosyne, cualidad que podría traducirse por “templanza”. En la apología sobre la naturaleza de la sofrosyne que sigue en boca de Sócrates en el diálogo con Cármides, éste señala otro atractivo del carácter perfecto del joven: el don del aidos, la “modestia natural”.

En la primera época del cristianismo, una vez asociado el triunfo de Cristo a la mortificación de la carne del ser humano, cualquier objeto que enalteciera el cuerpo corría peligro, a menos que fuera susceptible de ser reinterpretado dentro de la iconografía cristiana. Así, la estatua cultual de Deméter en la ciudad de Cnido de la costa occidental de la actual Turquía, fue reidentificada como la Virgen, conservándose por ello notablemente intacta, mientras que otras bellas esculturas, de las que sólo nos han llegado fragmentos, fueron destrozadas y arrojadas a hornos para hacer cal para mortero.

La estatuaria de bronce era aún más proclive a la fundición para su reutilización en una época en que aquellas obras se apreciaban más por su peso en metal que por su valor artístico. Así se han perdido casi todas las estatuas grandes de bronce de la Grecia clásica. Sólo en ocasiones el mar nos devuelve sus despojos con el afortunado descubrimiento de una obra de arte hundida en un naufragio, como es el caso de los bronces de Riace del siglo V a.C., hallados en el mar de Calaria. Estos dos jóvenes guerreros, desnudos y barbudos, que alguna vez estuvieran armados con escudo y casco, no desvían modesta mente la mirada como el efebo de Westmacott, sino que parecen conminar con la atracción fatal de su desnuda virilidad cargada de una amenaza de violencia, de agresión sexual, o ambas cosas.

Por mucho que los romanos admiraran el arte griego, éste no representa más que una parte de todo el humanismo intelectual de la herencia de Grecia. En arte, arquitectura, teatro, filosofía y ciencia, la experiencia griega fue la primera configuración formal de los conceptos occidentales sobre lo humano. La escultura griega irradia vitalidad pero trasciende al mismo tiempo la mera imitación de la naturaleza para dar forma a la ideación en obras de belleza eterna. Es, por una parte, su humanismo y por otra su idealismo lo que caracteriza la representación griega del ser humano.


El hermoso cuerpo del Atleta

Las primeras representaciones del cuerpo masculino son esquemáticas y enfatizan los elementos esenciales de la virilidad. Más tarde, el atleta desnudo se convirtió en uno de los numerosos tipos de representación del cuerpo masculino. Otro tipo fue el físico blando y afeminado de los dioses Apolo y Dioniso. Creció, además, el interés por la diversidad física del ser humano y por el retrato individual con carácter.

Los griegos de la antigüedad consideraban el atletismo parte fundamental de la educación y trataban el cuidado del cuerpo y mantenerse en forma como una obligación social. El atletismo era una modalidad de entrenamiento para la guerra, y casi todos los ciudadanos varones podían ser llamados a filas para luchar en defensa de su ciudad-estado. La perfección física externa se consideraba, además, reflejo de rectitud moral. Mantener un buen físico era señal de valor interior. Los atletas se entrenaban y competían desnudos, y para una cultura que fomentaba la admiración sexual de los jóvenes por parte de los hombres mayores, el gimnasio y la competencia eran puntos de encuentro. Un atleta victorioso obtenía casi condición heroica, su nombre perduraba después de su muerte y su victoria solía conmemorarse mediante una oda encomiástica o con una estatua.

Las imágenes abiertamente sexuales eran comunes en el arte griego y aparecen en una gran variedad de objetos, incluidos los de uso cotidiano. Las escenas de actos sexuales aparecen en copas de cerámica y ciertas vasijas utilizadas para beber en reuniones (symposia). Las imágenes reflejan su condición de auténticas fiestas sólo para varones en las que se contrataba a mujeres para diversión y relaciones sexuales. Estas escenas sexuales en la cerámica griega pintada incluyen relaciones entre hombres jóvenes y mayores, ya que, en un marco formal de convenciones, tal relación se consideraba parte del desarrollo normal del muchacho.

Fuente: El Dragón de Hipatia.

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La desnudez de las culturas antiguas a las modernas.