Los baños de mar en el siglo XIX

La calificación de las aguas como bienes de dominio público se hace con la intención de regular su aprovechamiento en favor de los particulares, del estado y de los entes públicos. Los usos comunes que se realizan en estas aguas como pescar, lavar, bañarse, etc… se admiten según un orden determinado, con la posibilidad de que el aprovechamiento de aguas ya concedido para una determinada finalidad pueda ser expropiado a favor de otro legalmente preferente. En este contexto, las playas y con ellas los tradicionales y famosos ‘baños de mar’ se van a convertir en un espacio para afianzar la pertenencia a una determinada clase social; transformándose las ciudades en destinos veraniegos importantes en el siglo XIX. Se abre, por tanto, la veda a los veraneantes, a los bañistas, a los turistas, a la aventura que suponía ir a la playa ya no sólo a tratar de los males respiratorios, circulatorios o reumáticos sino a disfrutar de momentos de ocio y de diversión. Y aunque el mar no fuera un lugar de esparcimiento tradicional hasta las corrientes higienistas de la medicina de finales del siglo XIX, que calaron de una manera importante en las nuevas clases sociales que veraneaban, si se va a convertir la playa en un lugar de disfrute para pasear, divertirse, bañarse, jugar, relacionarse, etc… Y es a esta clase de población a la se intenta atraer en Laredo ya desde mediados de este siglo.

La Villa de Laredo no va a ser diferente a otras villas y se prepara para atraer al turismo de élite. Familias madrileñas como los Gereda, Carasa, Enciso y otras muchas comienzan a veranear en la Villa y muchos de ellos a instalarse construyendo importantes edificaciones que hoy tenemos la suerte de contemplar. Se abre un periodo para exhibir las grandezas y lindezas de nuestra población y sus habitantes.

Emulando a las primeras guías turísticas de viajes por España cuyo inicio data de 1855 con aquella famosa guía “Handbook of travellers in Spain” donde decía Richard Ford “quien dice España dice todo”; Tomás Ibarrondo, que era médico titular de la Villa de Colindres, en el año 1878 publica un libro, a modo de guía turística, para atraer el turismo a Laredo y él nos da una buena pista de a qué público dirige las bondades de nuestra playa y mar, en concreto a los bañistas.

Con ese título “Bañistas” comienza diciendo el citado médico: “Tributarios Madrileños, Vallisoletanos, Burgaleses, etc… ¡Venid! Los que necesitáis equilibrar y restituir la vitalidad gastada en la población; en esos focos de inteligencia social ¡llegad! Jóvenes anémicas a recuperar vuestra sangre. Temperamentos linfáticos y nerviosos; niños débiles y enclenques, acercaos a vivir en las condiciones que os reporten el provecho salutífero que os precisa. Hombres de bufete: pasad aquí veinte días de esparcimiento y descanso, que sólo ello bastan a contrabalancear los efectos de la vida sedentaria con su agitada monotonía. Madres de familia; todas tan amantes que sois de vuestros hijos, traerlos a respirar este aire por treinta días, enfermos, valetudinarios, con ánimo, un poco de discreción y cautela, hallareis en este recinto la salud que demandáis. Vos Touristas, los que venís a buscar las impresiones de la moda para matar el tiempo, aquí se os espera. Médicos: mandad sin miedo a vuestros enfermos a este rinconcito que les proporciona agua que los regenera, alimentos que los entonan y atmósfera que los vivifica….”.

Público castellano adinerado

Se intentaba atraer al público castellano adinerado mediante la exposición de las lindezas de la población, de su playa y sus gentes. A todo este público se vende una idílica playa: “La playa es de dos leguas de extensión sin escollos ni peligros, la más apropiada para niños, señoras y bañistas nuevos y en la que se toma el baño con cierto refinamiento de goce; en la que puede internarse el nadador tuto et iucunde; es decir, con seguridad y placer. Playa que satisface todos los gustos y salva todos los inconvenientes, con un recodo pedregoso donde se mantiene el agua plenamente limpia y fresca, siendo la ola de más energía. Rincón cómodo para la púdica señorita y la robusta matrona… Playa en la que se contempla estático y yo he contemplado más de una vez ese color azulado encantador llamado verdemar”.

“Playa en la que se toma el baño con libertad, desahogo y economía se disfruta con toda plenitud y cabal holgura del placer y de la admirable eficacia de la Villeggiatura marítima” y donde “puede cualquiera bañarse desnudo sin miedo de miradas imprudentes y atrevidas”, para añadir “no se ven aquí mezclados y revueltos los dos sexos, como en otras playas angostas, cosa intolerable y que la decencia condena”. Incluso se intentaba atraer inversiones extranjeras. ¿Cuál es el sitio que debe elegirse en esta playa para baños y que al mismo tiempo que cojamos una buena ola, tengamos seguridad y ancho campo a nuestra fantasía? “A mi entender, (según Ibarrondo) ninguno mejor que el llamado la media luna, y en donde si hubiera empresarios activos e inteligentes, o americanos que formando una pequeña sociedad soltaran parné debía levantarse un pabellón balnenario y ponerle en comunicación con Laredo y Colindres por cierto número de coches”.

Sobre los fueros de Laredo, Ibarrondo, en la segunda mitad del siglo XIX, dice que eran: Dios, pesca, chacolí y bañistas. Y añade el citado autor como reclamo turístico a “las yung-ladies de Laredo y Colindres, tan sencillas, cariñosas, joviales …”.

Aunque la realidad era muy diferente a la que se esperaban los turistas, ya que se encontraban con malas carreteras, malos hospedajes y unos medios de transporte lentísimos además de una población no cualificada para atender al turismo, con reclamos no del todo ciertos y que demostraba que aún no se estaba preparados para dar un servicio del todo adecuado a estos veraneantes.

Fuente: eldiariomontañes.es Texto: Báldomero Brígido.

Los Gesatas, los guerreros celtas nudistas

Quien pudiera ver la cara de los legionarios romanos cuando cargaron contra ellos una masa de “guerreros desnudos ya que destacaba por su robustez y lozanía” que solo portaban sobre sus cuerpos numerosos torques de oro, símbolo de su numerosas victorias. ¿Quiénes eran esos valientes que se permitían el lujo de combatir sin armadura?.

Dentro de las sociedades celtas, o más correctamente en los contextos culturales de la Tené, la guerra era parte inherente de su sistema social. Numerosos jóvenes precisaban del honor que daba la lucha para ganarse su sitio en la sociedad por lo que solían recurrir al robo, bandidaje y cuando había suerte participar en una guerra contra otros pueblos. Por suerte para sus poblados la fama de los guerreros de estos pueblos llegó al Mediterráneo y fueron reclamados sus servicios como mercenarios, lo que servía de válvula de escape de esa violencia social…

Estos mercenarios celtas denominados gaesetae por Polibio, es decir lanceros, ya que gaesum es lanza en celta. Ya desde la Segunda Guerra Púnica destacaron como mercenarios en las campañas italianas de Aníbal y las victorias del Lago Trasimeno y Cannas. También en los reinos diadocos tras la muerte de Alejandro Magno o en Sicilia en los ejércitos de Siracusa.

Tras años de soldados de fortuna volvían a sus hogares cargados de riquezas, monedas de oro, vino de Italia y lo más importante prestigio para lograr el ascenso social. Pero una vez en sus tierras natales no se integran en la aldea como un campesino-guerrero más sino que convivían en una especie de hermandad, formando un colectivo independiente del resto de la tribu o el clan. Tenían sus propias normas grupales y sus tabúes o geissi, entre los que destacan la obligación de socorro de sus compañeros de armas y el culto al dios de la guerra, conocido como Camulos en las islas británicas. Sabedores de su fuerza y de la ayuda divina debían acudir al combate sin armaduras, ya que si les protegía la divinidad no necesitaban nada más y lo contrario sería buscarse la ira del dios de la guerra.

Por eso iban al combate desnudos como parte de un ritual religioso que los romanos no comprendían y buscaron explicaciones más racionales. Polibio describe que el hecho de quitarse la ropa fue para evitar que los ropajes se enredasen en los abundantes arbustos del campo de batalla. Incluso ciertos autores modernos ven una base higiénica en esta costumbre ya que se evitaría la infección de las heridas ya que la ropa solía estar muy sucia. Pero se tiene que destacar que siempre que en los textos clásicos se menciona a celtas desnudos están combatiendo como mercenarios por lo que nos encontraríamos con gesatas.

Los pueblos celtas solían emplear tatuajes como protección mágica mediante figuras en espiral en torso, brazos y rostro por lo que debían lucirlos en la batalla yendo desnudos o por lo menos el torso. Un ejemplo particular serían los habitantes de gran Bretaña que se pintaban con glasto, un tinte vegetal de color azul oscuro.

Alguno de vosotros pensara, no son tan valientes ya que llevan escudos. La respuesta en sencilla para ellos era un arma, al igual que la espada y la lanza, no una armadura por lo que era su deber acudir con él a la guerra.

En la mayoría de las representaciones los guerreros desnudos no llevan casco por los mismos motivos, además por una razón más importante para ellos. Al igual que nuestros jóvenes que no se ponen la visera para no despeinarse su tupé (o al contrario, no se quitan la visera porque están despeinados) los celtas solían peinarse de una forma muy particular y con gran carácter simbólico. Para muchos celtas el animal totémico por excelencia era el caballo y su diosa protectora era Epona. Como describió Polibio “Se lavan el pelo con agua de cal y lo peinan hacia atrás, por lo que poco se distingue de la crin de un caballo” esto producía un endurecimiento del pelo que impedía el uso de cascos además de convertir el peinado en una especie de yelmo, cual pankie premoderno.

Fuente: bellumartis.blogspot.com.es Texto: Francisco García Campa.

¿Funcionaría mejor el ejercicio si lo hiciéramos desnudos?

Los antiguos griegos encontraron la desnudez práctica y placentera, y vestían ropas drapeadas que podían desprenderse en cuestión de segundos si surgía la necesidad. Descubrieron que el entrenamiento para el atletismo mientras disfrutaban de la ventaja tenía su parte de los beneficios, pero la evidencia histórica también sugiere que los estudiantes asistieron a clases sin usar ropajes. La falta de ropa era tan común, de hecho, que se convirtió en parte de la tradición de los Juegos Olímpicos.

La forma más antigua de los Juegos Olímpicos se remonta al 1100 aC y ya en el siglo VII aC, aparecen informes de los espartanos descartando su ropa durante las competiciones. Cuando no estaban restringidos por la ropa, los atletas desnudos ganaron una proporción tan alta de concursos que otros competidores comenzaron a copiar su estilo de “traje de nacimiento”. A partir de entonces, la desnudez se convirtió en parte integrante de la tradición olímpica, hasta que los juegos fueron prohibidos por el emperador cristiano Teodosio en el 393 dC para abrazar el politeísmo.

Cuando los Juegos Olímpicos se revivieron 1.500 años más tarde en 1896, la desnudez ya no estaba de moda. Desde los Juegos Olímpicos hasta el béisbol profesional, jugar desnudo no es la norma. Pero, ¿y si fuera? ¿Hay beneficios que nos estamos perdiendo porque usamos ropa cuando hacemos ejercicio o participamos en deportes?.

En estos días, la ropa deportiva y de ejercicio está hiper-especializada por deportes. La ropa de golf ha pasado de poliéster a mezclas de rendimiento ligero. Los entusiastas de Crossfit usan calzado especialmente diseñado. Los corredores usan pantalones cortos que absorben la humedad con una prenda interior incorporada. Las camisas atléticas con propiedades antibacterianas son comunes.

“La tecnología realmente ha empujado a toda la industria a producir productos realmente optimizados para su propósito: hacer ejercicios, correr, andar en bicicleta, lo que sea”, dijo Bjorn Bengtsson, profesor de marketing de moda en la Parsons School of Design in New York, en una entrevista de enero de 2017, “Ya no se trata solo de ir al gimnasio”.

Entonces, con la naturaleza cada vez más omnipresente de la ropa de entrenamiento, ya sea que se use mientras se hace ejercicio o mientras se dedica al “atletismo”, el abandono de los trapos hace que no se examine, ¿verdad?.

¿Es mejor desnudarlo todo?

¿La ropa nos hace sobrecalentar? ¿Restringirnos? O tal vez simplemente oculta lo que estamos haciendo para mejorar: nuestros cuerpos. ¿Sería mejor si pudiéramos ver nuestros músculos más claramente durante el ejercicio? “Sin duda”, argumenta Robert Herbst, entrenador personal, entrenador y levantador de peso profesional. Con sede en el estado de Nueva York, Herbst es 18 veces Campeón del Mundo, 33 veces Campeón Nacional y miembro de la AAU Strength Sports Hall of Fame.

“La ropa puede dificultar el rendimiento si hace que una persona se sobrecaliente”, dice, “si es tan apretada que inhibe el rango de movimiento o restringe el flujo sanguíneo, o si es tan floja que se interpone en el camino o se enreda”.

Por ejemplo, dice Herbst, “un atleta no querría usar pantalones holgados cuando está en acción, ya que la fricción de las barras al rozar las piernas ralentizaría la barra y haría que la elevación sea más difícil”.

“Para la salud de la piel, uno no quiere ropa que irrite, o permita que el sudor se acumule donde pueden crecer hongos o bacterias”, dice.

Si se sabe que la ropa restringe el movimiento, también es cierto que no usarla puede marcar la diferencia durante un entrenamiento. Hacer ejercicio desnudo permite un rango óptimo de movimiento durante los movimientos y estiramientos.

“Incluso mejor”, Kat Setzer, una entrenadora personal con sede en Boston le dijo a WBUR Radio en 2014, “Es cuando pierdes todos los indicadores de adelgazamiento de los pantalones y blusas de entrenamiento elegantes, cuando fuerzas tus propios músculos para aprender a mantener las cosas en su sitio, que en realidad te ayuda a estabilizar la columna vertebral y las caderas. Mucha gente sabe que entrenar descalzo puede ayudar a mejorar el equilibrio, porque tus pies se pueden estabilizar contra el piso sin amortiguar los zapatos y deshacerte de los sentidos. Tener una mejor idea de su alineación en los ejercicios, lo que puede significar más ganancias durante el entrenamiento”.

La protección de pantalones y camisas

Pero otros expertos señalan algunas de las deficiencias de venir al gimnasio sin ropa.

“Olvídese de estar desnudo”, dice Alex Roher, un médico de San Diego. “Es una leyenda urbana que deberías hacer ejercicio desnudo, y hacerlo puede provocar levaduras y otras infecciones bacterianas, ya que no tienes nada que aleje la humedad de tu piel. Ropa ligera, transpirable y que absorbe el sudor es imprescindible. Quitan la humedad de tu piel”.

Y aunque el campeón de levantamiento de pesas Herbst discute los beneficios del ejercicio desnudo, también reconoce la importancia de la ropa. Es un equilibrio que todo atleta debería encontrar.

Fuente: health.howstuffworks.com (Texto original en inglés) Autor: Laurie L. Dove.

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Nuestra propia historia de la ropa

Ah ropa… ¿por qué la necesitamos? ¿No sería la vida para nosotros los nudistas mucho mejor si nunca se hubiera inventado? De acuerdo, probablemente todavía viviríamos alrededor del ecuador o nos congelaríamos el trasero, incluso en verano en la mayoría de las regiones. Pero la gente hace un gran problema al respecto. Solo hoy estábamos relajándonos desnudos en la esquina de una playa en el sur del Peloponeso y una mujer vino diciéndonos que se suponía que no debíamos estar desnudos. Entonces dijimos: “¡Vete mujer, estás en nuestro sol!”. Por supuesto que no dijimos eso, escuchamos amistosamente sus advertencias (falsas) de que el gobierno griego estaba en contra de los nudistas y le dijimos que resolveríamos el problema si llegaba la policía. Le agradecimos la advertencia y le dijimos adiós.

Tenemos que decir que estas situaciones rara vez nos suceden. La posibilidad de que un textil circundante decida desnudarse también cuando nos ven ocurre muchas más veces que cuando vienen a darnos un discurso. Pero en esas raras ocasiones empezamos a pensar en la situación.

¿Por qué es que siempre son los textiles los que les dicen a los nudistas que se vistan y nunca al revés?
¿De dónde viene esta necesidad urgente de querer que todos estén vestidos?
¿Por qué estamos tan ansiosos por protegernos alrededor de uno, dos o cuatro centímetros (dependiendo de su forma) de nuestros cuerpos de ser vistos por otros?
¿De dónde viene la ropa?

Nota: Nada de lo escrito a continuación tiene ningún valor histórico. Es en nuestra imaginación donde está cómo fueron las cosas, por favor no difundan estas palabras como si fueran la verdad.

Había una vez un chico

Aunque las mujeres saben mucho más sobre moda que los hombres, al menos en nuestra relación, nuestra historia comienza con un chico, llamémoslo Nick. Nick vivía varios miles de años atrás, mucho antes de que los egipcios conquistaran el mundo. Todavía recordaba historias de su tatarabuelo bajando de los árboles, ese es el período en el que vivió.

Una noche de finales de noviembre Nick salió con sus amigos a cazar y después de horas y horas de tumbarse en la hierba húmeda esperando a que una gacela se acercara al alcance de su lanza, empezó a tener un poco de frío. Casi al mismo tiempo, un bisonte pasó y Nick comenzó a pensar “¿Qué hace este bisonte caminando relajado mientras me estoy congelando las pelotas?”. Ahora tenemos que decir que Nick era un genio en esos días (debe ser algo relacionado con el nombre) y pensó que si tuviera esa piel estaría mucho más cómodo. Así que tiró una docena de lanzas al pobre animal, le arrancó la piel, llamó a sus amigos para que recogieran la carne y se hizo un hermoso abrigo de piel. Nick ya no tenía frío.

Varias horas más tarde, Nick llegó a casa después de una parada obligatoria en el bar local y su esposa (llamémosla Lins) lo estaba esperando en el marco de la puerta.

“¿Dónde has estado? ¿Tienes alguna idea de qué hora es? ¿Saliste con tus amigos a atrapar a una gacela? Bueno ¿tienes la gacela? ¿Y qué es esa cosa ridícula en la que te estás escondiendo?

En ese momento, Nick se dio cuenta de que no debería haber hecho que sus amigos tomaran toda la carne y volviera a casa con una cálida piel de bisonte (tal vez no era tan genio después de todo). Trató de salir de la situación convenciendo a Lins de que todavía había suficientes bayas azules para pasar otro día, pero en el fondo sabía que esta noche no estaría recibiendo ningún cariño.

Había una vez un jefe

Aún así, Nick se sintió muy orgulloso de su propia protección contra el frío y comenzó a notar que regresaba a casa con muchos menos rasguños después de haber perseguido con éxito a esa gacela por toda la sabana. Comenzó a usar su piel con más frecuencia y pronto sus amigos salieron al bosque para obtener su propia piel de bisonte. Su juego de cartas del domingo por la mañana en el bar se parecía más a un desfile de moda, comparando sus abrigos calientes con los demás.

Un domingo por la mañana, el jefe de la tribu pasó para tomar una cerveza, o contar los miembros de su tribu, o recaudar impuestos, o lo que sea que los jefes hacían en esos días y se dio cuenta de toda la escena. Todos sus guerreros se habían convertido en el pequeño Carl Lagerfelds y habían empezado a diseñar sus propios trajes hechos de piel de bisonte y mientras tanto también producían unas bonitas dos piezas para sus esposas.

El jefe no podía quedarse atrás, también se enfriaba de vez en cuando y, durante su último regreso borracho a casa, le había golpeado la cabeza y el dedo gordo del pie. Así que envió a sus guerreros más valientes para encontrarle el tigre más grande y más hermoso que pudieron encontrar. Podrían quedarse con la carne (la carne de tigre es bastante masticable de todos modos) pero tenía que llevarle la piel. Varios días después, sus hombres regresaron completamente exhumados pero con la piel de tigre más hermosa jamás vista. Le tomó solo un día y alrededor de diez turnos de noche antes de que el jefe vistiera un traje de tigre que ceñía completo con sombrero y botas. Y la moda nació.

Hubo una vez un opresor

Dado que el jefe tenía la piel más bella de todas ellas y nadie tenía permiso para crear una similar (los derechos de autor también habían nacido), al resto de la tribu ya no les importaban demasiado sus disfraces. Todavía lo usaban desde noviembre hasta marzo para combatir la mayor parte del frío o cuando sabían que tendrían que correr a través del bosque áspero para atrapar a otra gacela. Por el resto de su tiempo vagaron libremente desnudos y lo disfrutaban bastante.

Y el tiempo pasó y la gente murió y nacieron nuevas personas y una tribu fue conquistada por otra y la otra por otra y todos sabemos cómo la historia tiende a ir, y miles de años más tarde hubo un nuevo tipo en Roma que había conquistado la mayor parte de el mundo como se lo conocía en esos días.

Mientras que el tatara-tatara-tatara-tatara-tatarabuelo de Nick (llamémosle también Nick por conveniencia) todavía usaba su piel de bisonte para protegerse de los arbustos y las mordeduras de las alimañas, el gran emperador tenía diferentes planes.

“¿Qué sois?”, Preguntó, “¿animales?”. “¡No podéis estar corriendo por mi imperio todos desnudos!

Tienes que avergonzarte de ti mismo, ¿y si un hombre de otra tribu ve tu cuerpo con forma de Pamela Anderson? Ponte ropa, ¿quieres? “. De un día para otro, el pequeño Nick ya no podía andar desnudo, oh no, el pequeño Nick tenía que comportarse, el pequeño Nick tenía que ponerse unos pantalones. Y también las pequeñas Lins, por supuesto, y un sujetador, o al menos algo que se parecía a eso en esos días.

Hubo una vez Nick y Lins

Y el tiempo pasó y la religión y la industria de la moda y el gobierno tuvieron que opinar sobre las cosas, pero en una cosa se pusieron de acuerdo: uno no debería quitarse los pantalones, excepto para tomar una ducha. E incluso entonces, si se pudiera manejar con algún tipo de cobertura, era preferible. Ser nudista era malo, estar desnudo era para pervertidos que tienen grandes orgías que involucran a hombres y mujeres, transexuales, bisexuales y trisexuales y cualquier otro tipo de sexualidad, detrás de enormes vallas en algún bosque en las profundidades de Alemania o los Países Bajos.

Y luego estaban los últimos Nick y Lins, a quienes les encanta estar desnudos, que respetan a todos los demás pero también esperan cierta aceptación hacia ellos. Que estaban tendidos desnudos en el extremo de una playa en el sur del Peloponeso con solo otro visitante a unos cien metros de distancia. Otro visitante que decidió caminar todo el tramo para darles un discurso sobre por qué no deberían estar desnudos. Y pensaron “¡Vete mujer, estás en nuestro sol!”.

Los autores: Hola somos Nick & Lins, una pareja belga en sus 30 años de edad, que aman viajar por el mundo. Desde hace un par de años hemos descubierto una nueva forma de viajar. La forma desnuda. ¡Instamos a que se quiten la ropa y vengan con nosotros!

Fuente: Naked Wanderings. Our own history on clothing (textos originales en inglés).

Nudismo y monarquía

Ocurre que en la playas tradicionalmente nudistas, donde siempre se permitió su presencia, los textiles ahora parecen ser abrumadoramente mayoritarios, como en los tiempos heroicos.

El 16 de agosto de 1984, hace 34 años, un cura párroco encabezó a un grupo de vecinos de Cangas de Morrazo que, con palos y estacas, amenazaron a unos nudistas acampados cerca de la playa de Barra, mientras la policía municipal desmontaba sus tiendas y la Guardia Civil estaba por allí. En el orwelliano 1984 el nudismo llevaba 15 años practicándose en la playa de Barra y había sido autorizado recientemente por el Gobierno Civil competente, el de Pontevedra.

El relato del asunto que hizo El País nombró a un cura de otro pueblo, no al que realmente participó. El periódico rectificó públicamente ese error en cuanto tuvo noticia (en la edición dominical, de circulación muy superior a la de los demás días de la semana), pero el cura mencionado en la primera información demandó a la periodista María José Porteiro y a la empresa editora de El País por intromisión en su honor.

De este modo el asunto estuvo bailando unos años y ocupó unos cuantos titulares. Los curas, policías y jueces de la Transición eran los mismos de la Dictadura, como sabemos. Así que condenaron a los demandados, que recurrieron a la siguiente instancia judicial, que ratificó la condena, y así sucesivamente hasta llegar al Tribunal Constitucional, a cuyos miembros, presumiblemente, no les había quedado más remedio que leer la Constitución, y por fin la periodista y la empresa quedaron exonerados en una sentencia del 21 de diciembre de 1992.

La de Barra, como muchas otras playas nudistas, no tiene un acceso demasiado fácil porque cuando la gente empezó a bañarse desnuda en España no lo hacía en las playas mayoritarias, más conocidas, sino en las más recogidas o inasequibles. Nunca hubo nudistas en el Sardinero, sino en Covachos, por poner un ejemplo próximo.

A pesar de ir a sitios recoletos, quienes se desnudaban entonces compartían el espacio con los textiles, la gente que usaba bañador. Al principio, la situación siempre era tensa, y hubo varios incidentes: no se llegó a las estacas, pero en varias ocasiones los nudistas hubieron de vestirse ante la actitud amenazante de grupos de textiles que esgrimían el sorprendente argumento de que “había niños”. Pero la cosa acabó normalizándose y en la playas del Norte los nudistas y los textiles compartían espacio, a diferencia de las de otros lugares donde cada playa era para unos o para otros, pero no se permitía la mezcla.

Más o menos por la misma época otro periodista de El País recorrió las capitales españoles, haciendo relatos ligeros, divertidos de lo que veía para su suplemento de verano. No he conseguido encontrar el artículo que dedicó a Santander, pero recuerdo que expresaba su sorpresa: “Aquí son todos fascistas —era aproximadamente lo que escribió—, pero vas a las playas y están todos desnudos”. Y, quitando la exageración propia de la escritura humorística, la cosa se aproximaba bastante a la verdad. Lo del fascismo venía porque delante del Ayuntamiento estaba la estatua de Franco montado a caballo (él sí, completamente vestido); único ejemplar todavía visible, creo, de una serie que se colocó en varias ciudades.

Ya no somos fascistas. Fuimos los últimos en retirar la estatua esa, tras Madrid, Valencia y El Ferrol (entonces “del Caudillo”), pero ahora somos monárquicos convencidos. Amamos tanto la monarquía que en Puertochico ondea una bandera monárquica que casi podría verse desde Pontevedra los días de bonanza. Es una bandera de matrimonio, como la de la plaza de Colón en Madrid; así los veraneantes capitalinos pueden sentirse como en casa.

Pero da la impresión de que al tiempo que nos hemos ido quitando del fascismo, también lo hemos hecho del nudismo, como si el periodista de entonces hubiera encontrado un vínculo profundo e insospechado entre ambos ismos. Hace unos días fui con mi familia a la playa asturiana de Torimbia, que todos los años aparece en las listas donde los periódicos recomiendan playas nudistas. Lo merece, desde luego, porque es hermosísima, aunque no sea especialmente fácil llegar a ella. Muchos años de nudismo la han convertido en uno de sus emblemas reconocibles, y no solo en España. Pero el otro día no lo parecía: había menos gente desnuda que en bañador.

Ya habíamos visto el mismo fenómeno en otros sitios. Ocurre que en la playas tradicionalmente nudistas, donde siempre se permitió su presencia, los textiles ahora parecen ser abrumadoramente mayoritarios, como en los tiempos heroicos. La diferencia es la falta de tensión, menos mal; los textiles no tienen problema en que los demás se desnuden y hay niños de ambos campos jugando juntos sin que a nadie le parezca mal.

Pero da qué pensar esta vuelta a los bañadores. ¿Existirá un vínculo profundo e insospechado entre los trajes de baño y la monarquía?

Fuente: eldiario.es Autor: Jesús Ortiz

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