La evolución del concepto de belleza femenina a lo largo de la historia

La belleza, esa noción abstracta que se le puede atribuir casi a cualquier cosa que sea capaz de provocarnos placer sensorial, intelectual o espiritual.

Dicho esto, cualquier cosa que nos estimule y sea dichoso ante nuestros ojos, puede considerarse belleza. Pero siempre será una belleza personal e intrasferible tan solo aplicable al ojo que la contempla. Y por ello, quizá, existan y se hayan creado cuerpos diversos, figuras humanas de distintos tamaños y estilos para satisfacernos a todos. Porque para gustos están los colores.

La CNN ha llevado a cabo recientemente un proyecto junto a la artista Anna Gingsburg, en el que se celebra la diversidad del cuerpo femenino con el propósito de eliminar complejos, pero, sobre todo, borrar los ideales y estereotipos que nos impone la sociedad. Un vídeo llamado ¿What is Beauty? (¿Qué es la belleza?) en el que se muestra cómo han ido cambiando los cánones de la belleza femenina a lo largo de la historia de la humanidad.

Y mientras a las mujeres se nos dice todo el tiempo que nos amemos a nosotras mismas, al mismo tiempo la sociedad moldea el cuerpo femenino a su antojo, siendo extremadamente difícil ir al compás. Porque lo cierto es que no debería existir un compás, ni tampoco deberíamos dejarnos llevar por él.

Existen brazos más delgados, más gruesos, caderas estrechas, más anchas, piernas cortas, piernas largas y senos de todos los tamaños, por lo que por mucho que la sociedad imponga su ideal de cuerpo femenino, creemos que nunca acertará.

Fuente: culturainquieta.com

Historias de Piel: El desnudo

A nivel evolutivo la especie humana perdió gran parte del pelo corporal. Es así que la vestimenta, al oficiar inicialmente como cobertura ante el frío, se hizo foco de aspectos culturales no sólo en referencia a la moda, sino también en lo que tiene que ver con “tapar” nuestra desnudez, al menos en gran parte de Occidente.

Una desnudez que se concibe sólo en función de si los genitales, las nalgas y las mamas son visibles a nivel público, en tanto que otras partes del cuerpo tales como cara, piernas, pies, brazos, manos, espalda, etc. podrán exhibirse ante las personas sin mayores problemas en función de los contextos, ya que no es lo mismo estar en traje de baño en una playa que en un museo.

El desnudo puede tener un sentido erótico, artístico, espiritual-religioso, médico, político, estético, etc. Pero el valor sagrado o más bien “tabuizado” que se le otorga, haría que la desnudez remita a lo auténtico, a la expresión externa del ser interior. A algo esencial, puro o profundo.

Por otra parte el desnudo apelaría a la intimidad, a la vulnerabilidad de alguien, a la expresión de algo del orden de lo privado, que si se exhibe sin consentimiento de otros en espacios públicos, puede incluso constituir un “atentado violento al pudor”.

Cabe destacar que la antigüedad griega exaltó la desnudez como ideal de belleza, así como que la valoración por el desnudo se rastrea hasta la Prehistoria, tal y como evidencia la estatuilla denominada “Venus de Willendorf”. Lo mismo que muchas culturas por fuera de Occidente nunca han sentido la necesidad de “tapar” sus cuerpos.

Sin embargo la tradición judeo-cristiana a través de su mito de origen, homologó el haber cometido el pecado original por acceder al conocimiento a través de la desobediencia a la deidad, con la vergüenza culpógena por la desnudez producto de haber perdido la inocencia por pretender “saber”, al cual la tradición generalizó en un saber sobre lo sexual.

El desnudo posee también un sentido político, en tanto es tomado como representación de esa vulnerabilidad que tornaría a un cuerpo en mera materia desprovista de metáfora, dejándolo “desnudo” de toda consideración o amparo. Una ausencia de metáfora que especistamente justificamos para que los animales no humanos sean maltratados y torturados como “cosas” no sintientes.

En ese sentido el filósofo Giorgio Agamben habla de “la vida desnuda”, para referirse a formas devaluadas de concebir la diferencia que representa el otro, explicando así el tratamiento que el pueblo judío, especialmente desde la materialidad “desnuda” y sin metáfora de sus cuerpos, recibiera en los campos de concentración.

Algo que por cierto podría aplicarse a los tratamientos que reciben los cuerpos en muchos regímenes dictatoriales, incluido el silencioso infierno cotidiano en el que viven tanto cuerpos humanos como no humanos, mientras son explotados para satisfacer nuestras “impúdicas” ansias de consumo.

Por otra parte el desnudo suele ser objeto de la censura, la cual además de plantear sin maquillaje la imposición del poder (al “cortar” escenas, “modificar” contenidos, “tapar” o “eliminar” producciones de otros, etc.), fabrica además criterios morales de cuales son aquellas zonas corporales mostrables y cuáles no, desde argumentaciones siempre discutibles. Mucho más cuando no se aplican de la misma manera en la exhibición de sangrientos actos violentos (ficcionados o no) que suelen registrarse en medios de comunicación.

Es entonces que desde la censura se elabora también una economía erótica de la desnudez, la cual confecciona lo que debe vivirse como “más sexual” o ya “porno”, en función de su prohibicionista acto de “tapado”. Todo lo cual resulta funcional a un mercado, ese que gracias a la censura puede vender a un elevado precio todo lo que en otros ámbitos no se puede mostrar.

Las mujeres por su parte, en tanto que aún objetos simbólicos de intercambio, son “manufacturadas” corporalmente a través de su desnudez tanto exhibida como insinuada. Con ello se logra tutelar y expropiar dichos cuerpos a través de estereotipos femeninos de lo estético y erótico, legislando lo que ellas pueden mostrar, así como cuanto, cómo, a quienes, en qué contexto, con qué significado y desde que cotización de mercado sus cuerpos desnudos serán patriarcalmente evaluados.

Cuerpos desnudos de mujer que aún son utilizados cuan “nuda vida” como carnada para el consumo, y por tanto cosificados como propiedad al permitir naturalizar la violencia que sobre ellos se ejerce.

Aspecto que no ocurre con el desnudo de un hombre, ya que se entiende que lo masculino “dota” a un cuerpo de toda metáfora posible (al menos en comparación con lo femenino), impidiendo que sea cosificado eróticamente en su desnudez por la mirada pública, y en particular por la de las mujeres. No así cuando quien mira la desnudez de un hombre con fines eróticos y/o de dominación fálica erotizada es otro hombre.

El desnudo a su vez suele ser objeto de vergüenza producto no sólo de inhibiciones personales, sino también a raíz del hostigamiento que generan los estereotipos de belleza. Esos que apuntan más sobre lo femenino, aunque poco apoco van colonizando mercantilmente los ideales estéticos masculinos, al menos en ciertos sectores sociales.

En ese sentido el “pudor” que la tradición machista ha exaltado como cualidad femenina, suele jugarle malas pasadas a las mujeres que desean tener relaciones sexuales sin estar pendientes todo el tiempo de cómo lucen, huelen o suenan, mientras están siendo vistas en su desnudez, sobre todo si quienes las acompañan son hombres.

Dichas inhibiciones aprendidas generan trabajo psíquico y vincular en muchas mujeres, cuando estas intentan tener sexo con luz, sin taparse, sin estar pendiente de los “rollos” o celulitis, y sin temor a ser mal evaluadas por su cita (lo cual pudiera determinar que deje de desearlas y decida no volver a llamarlas).

Mujeres que finalmente intentan apropiarse de sus cuerpos y su desnudez, como condición para el placer en autonomía, y como requerimiento imprescindible para concentrarse en lo que desean y no sólo en el ser deseadas. Logrando así ir encontrándose consigo mismas tanto en lo individual como en la relación con otros.

Fuente: Eme de Mujer. Autor: Ruben Campero.

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El pensamiento de Bertrand Russell sobre la desnudez

Bertrand Arthur William Russell, (1872-1970) fue un filósofo, matemático, lógico y escritor británico ganador del Premio Nobel de Literatura en 1950. Pero su pensamiento liberal le granjeó persecuciones en su época, y sus opiniones acerca de la desnudez, fueron condenadas como “repulsivas” por un juez quien citó uno de los primeros libros “La educación y la vida buena”. Esto se presentó como prueba de que la cátedra de filosofía de la Universidad se convertiría en Cátedra de “indecencia” si se permitía aquel nombramiento. Se pretendía presentar a Russell como un “lujurioso, erotomaníaco y lascivo” que patrocinaba una especie de exhibicionismo familiar.

Citamos en este espacio algunas de sus opiniones:

El tabú contra la desnudez es un obstáculo para una actitud decente hacia el sexo. Cuando se trata de los niños, ahora lo reconoce mucha gente. Es conveniente que los niños se vean y vean desnudos a sus padres, cuando esto sucede naturalmente.

Habrá un corto período, probablemente a los tres años, en que el niño se interese por las diferencias entre su padre y su madre, y las compare con las diferencias entre él y su hermana, pero este período pasa pronto, y luego ya no se interesa por la desnudez. Mientras los padres no quieran que los hijos los vean desnudos, los hijos tendrán necesariamente la sensación de que hay un misterio, y al tener esta sensación se harán lascivos e indecentes. Sólo hay un medio de evitar la indecencia, y es evitar el misterio. -Un niño debe ver, desde el primer momento, desnudos a sus padres y hermanos, cuando esto suceda naturalmente. No hay que violentar ninguna de las dos cosas; sencillamente no debe dársele la impresión de que a la gente le afecta la desnudez-.

También hay importantes razones en materia de salud en favor de la desnudez, como por ejemplo el baño de sol. El sol sobre la piel desnuda tiene un efecto extraordinariamente saludable. Además, cualquiera que ha visto correr a los niños desnudos al aire libre, tiene que haberse dado cuenta de que se mueven con mucha mayor gracia y libertad que cuando van vestidos. Lo mismo ocurre con los adultos.

El lugar adecuado para la desnudez es el aire libre, el sol y el agua. Si nuestros convencionalismos lo permitiesen, la desnudez dejaría pronto de ser un incentivo sexual; todos nos portaríamos mejor y estaríamos más sanos por el contacto del aire y el sol en la piel, y nuestros patrones de belleza coincidirían más con nuestros patrones de salud, ya que tendrían en cuenta el cuerpo y su actitud, no sólo la cara.

Hay también importantes razones en materia de salud en favor de la desnudez, como por ejemplo el baño de sol. El sol sobre la piel desnuda tiene un efecto extraordinariamente saludable. Además, cualquiera que ha visto correr a los niños desnudos al aire libre, tiene que haberse dado cuenta de que se mueven con mucha mayor gracia y libertad que cuando van vestidos.

Lo mismo ocurre con los adultos. El lugar adecuado para la desnudez es el aire libre, el sol y el agua. Si nuestros convencionalismos lo permitiesen, la desnudez dejaría pronto de ser un incentivo sexual; todos nos portaríamos mejor y estaríamos más sanos por el contacto delire y el sol en la piel, y nuestros patrones de belleza coincidirían más con nuestros patrones de salud, ya que tendrían en cuenta el cuerpo y su actitud, no sólo la cara. A este respecto, hay que encomiar la práctica de los griegos.

El notable incremento en el número de piscinas privadas y la multitud que acude a las playas en verano, donde el baño acompaña a la exposición al sol y la brisa, testifican de nuevo el gran placer que supone la excitación sensorial derivada de desnudarse y exponer la piel a los elementos.

Por su parte C. W. Saleeby hizo un elocuente comentario al respecto en su libro “Sunlight and Health” acerca de la piel:

Este órgano admirable, la envoltura natural del cuerpo que crece constantemente a lo largo de la vida, cuenta al menos con cuatro grupos diferenciados de nervios sensoriales, es esencial para la regulación de la temperatura, es impermeable hacia el interior pero permite la libre excreción de sudor, es resistente a los microbios si no está rasgada y puede absorber rápidamente la luz solar; este órgano hermoso, versátil y maravilloso suele hacerse desaparecer, palidecer y cegar casi por completo por la ropa y sólo gradualmente puede devolverse al aire y la luz que constituyen su entorno natural. Entonces, y sólo entonces, aprendemos de lo que es capaz…

Cabe señalar que la noción de bronceado como indicio de salud apareció en la década de 1920, que se corresponde con el período en que las autoritarias enseñanzas de los behavioristas hacían que los padres tratasen a sus hijos como autómatas y las caricias y otras formas de estimulación cutánea se redujeron al mínimo. Es muy posible que ambos fenómenos estén relacionados.

Fuente: Comunidad Naturista.

100 desnudos del arte de todos los tiempos

100 desnudos del arte de todos los tiempos, y un pretexto contra la censura.

El libro que reseño aquí se llama “100 nudes in the art of all times” –no he visto la versión en español–. Y me parece muy propicia su difusión en el actual contexto de censura de varias obras de arte donde el desnudo femenino (y en mucho menor medida el masculino) es protagonista.

Ya he dicho que el periodo que más aprecio del arte es el de la Edad Moderna –no el arte moderno– entre los siglos XV y XVII y, en particular, el llamado Quattrocento, digamos que el que se halla en línea directa con el arte griego; también hay soporte emotivo en este juicio: el Renacimiento implica una especie de rebelión contra el obscurantismo medieval que limitó al arte, la literatura y, acaso sobre todo por su furia encarnizada, contra la ciencia. La Primavera y el Nacimiento de Venus, de Alejandro Boticelli son iconos de ese periodo, incluso un reto a la visión autoritaria de iglesia que, vaya paradoja, auspició obras fantásticas y también limitó a los artistas (Boticelli fue un genio en el artilugio de representar rasgos religiosos y toques de sensualidad muy elegantes).

Este libro integra los trabajos antedichos, desde luego, y abre con el muy famoso óleo sobre tabla “Retrato de una joven”, la llamada Fornarina de Rafael Sanzio, quien así perpetuó a su amante Marghuerita Luti mediante el contraste cromático tan característico en él, aun en sus obras en el Vaticano y la Iglesia del pueblo, en Roma (he visto todas esas obras en el lugar y estoy convencido que a Rafael le faltó vida para afianzarse como el tercero de los grandes de la época luego de Leonardo Da Vinci y Miguel Ángel –sin duda, los retratos de Rafael no se explican sin la Gioconda; disculpen el desvario: creo que Rafael lo sabía y por ello él se dibujó así mismo y en algún cuadro que se encuentra en el Vaticano, incluso a Leonardo y Miguel Ángel).

En esa línea poco más de cien años después, sigue el pintor barroco Pedro Pablo Rubens y una soberbia exposición de desnudos, y cuerpos exhuberantes, coloridos, intensos (Rubens no se explica sin Tiziano) como consta en las obras que integra este libro, Las Tres gracias y Venus ante el espejo –de esta última también está la versión de Diego Velázquez, entre otras aunque, sin duda, el lector se queda con las ganas de mirar Las Gracias de Rafael, ellas sí inmaculadas a diferencia del erotismo del pintor flamenco pero sobre todo, y siguiendo en los trabajos de Rubens, se echa de menos “El juicio de Paris”, “El nacimiento de la vía láctea” y los monumentos del erotismo “Bóreas rapta a Oritía” y “Rapto de las hijas de Luecipo”, éste último, con sus dimensiones de 222 cm x 209, se encuentra como en un altar en el museo de Múnich Alte Pinakothek, en donde casi me arrodillo, créanme.

El amante del arte y el desnudo encontrará al florentino, y sacerdote por cierto, representante del barroco Francesco Furini y su “Hylas y las ninfas” (1630) que está en la galería Palatina de Florencia; la volví a mirar hace unas semanas: para mí sus contrastes, vale decir mejor, matices entre los oscuros le confiera a la obra uno de sus atractivos clave; menciono a “Lot y sus hijas” aunque no esté en el libro porque sobrevivió a la censura de aquel tiempo y espero que sobreviva a la actual que es más intensa incluso debido al incesto que implica traducir el respectivo pasaje del Génesis (la versión de Courbet me parece espléndida, por cierto pero en el libro, en cambio, ustedes encontrarán el óleo sobre lienzo, “El sueño” donde el artista sugiere una relación lésbica).

En “100 nudes in the art of all times” ustedes encontrarán arte de todos los tiempos, incluso oriental e hindú, y de varias épocas y escuelas. Por ejemplo del siglo pasado Mariano Fortuny (no está “La odalisca” pero sí “Desnudo en la playa”) o del siglo XIX, un representante del neoclásico, Dominique Ingres con “Baño turco”; en lo personal prefiero “Edipo y la esfinge” y “Odalisca con esclava); también está el mensajero de la soledad, Edward Hopper, apenas del siglo pasado y su impresionismo abstracto, con Girlie Show (1941), hasta llegar al exponente más conspicuo del arte barroco actual, Roberto Ferri y “Ericto”, aunque me parece que “El infierno” y “Angelo” significan más la influencia del arte clásico en este artista italiano.

Como sea, en estos 100 desnudos podríamos decir, sin temor a equivocarnos, lo que afirma Ishiguro en un pasaje del libro mencionado al principio, aquí se muestra cómo “el talento de un artista puede superar las limitaciones que supone un estilo concreto” o sus posibilidades, podríamos decir, porque más allá (o junto con la técnica) se ubica el esfuerzo por trascender los límites de la comunicación formal y reflejar en los lienzos la intensidad del amor erótico o sólo el sublime desfogue carnal de las pasiones. Nada más por eso, o aunque fuera sólo por eso, de ningún modo deberá censurarse el arte que, en estas coordenadas, es una de las más acabadas expresiones humanas en favor de la libertad.

Fuente: etcétera.com.mx Autor: Marco Levario Turcott.

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Libros sobre Nudismo, Naturismo y Desnudo Artístico.
Evolución del desnudo en el arte.

Los baños de mar en el siglo XIX

La calificación de las aguas como bienes de dominio público se hace con la intención de regular su aprovechamiento en favor de los particulares, del estado y de los entes públicos. Los usos comunes que se realizan en estas aguas como pescar, lavar, bañarse, etc… se admiten según un orden determinado, con la posibilidad de que el aprovechamiento de aguas ya concedido para una determinada finalidad pueda ser expropiado a favor de otro legalmente preferente. En este contexto, las playas y con ellas los tradicionales y famosos ‘baños de mar’ se van a convertir en un espacio para afianzar la pertenencia a una determinada clase social; transformándose las ciudades en destinos veraniegos importantes en el siglo XIX. Se abre, por tanto, la veda a los veraneantes, a los bañistas, a los turistas, a la aventura que suponía ir a la playa ya no sólo a tratar de los males respiratorios, circulatorios o reumáticos sino a disfrutar de momentos de ocio y de diversión. Y aunque el mar no fuera un lugar de esparcimiento tradicional hasta las corrientes higienistas de la medicina de finales del siglo XIX, que calaron de una manera importante en las nuevas clases sociales que veraneaban, si se va a convertir la playa en un lugar de disfrute para pasear, divertirse, bañarse, jugar, relacionarse, etc… Y es a esta clase de población a la se intenta atraer en Laredo ya desde mediados de este siglo.

La Villa de Laredo no va a ser diferente a otras villas y se prepara para atraer al turismo de élite. Familias madrileñas como los Gereda, Carasa, Enciso y otras muchas comienzan a veranear en la Villa y muchos de ellos a instalarse construyendo importantes edificaciones que hoy tenemos la suerte de contemplar. Se abre un periodo para exhibir las grandezas y lindezas de nuestra población y sus habitantes.

Emulando a las primeras guías turísticas de viajes por España cuyo inicio data de 1855 con aquella famosa guía “Handbook of travellers in Spain” donde decía Richard Ford “quien dice España dice todo”; Tomás Ibarrondo, que era médico titular de la Villa de Colindres, en el año 1878 publica un libro, a modo de guía turística, para atraer el turismo a Laredo y él nos da una buena pista de a qué público dirige las bondades de nuestra playa y mar, en concreto a los bañistas.

Con ese título “Bañistas” comienza diciendo el citado médico: “Tributarios Madrileños, Vallisoletanos, Burgaleses, etc… ¡Venid! Los que necesitáis equilibrar y restituir la vitalidad gastada en la población; en esos focos de inteligencia social ¡llegad! Jóvenes anémicas a recuperar vuestra sangre. Temperamentos linfáticos y nerviosos; niños débiles y enclenques, acercaos a vivir en las condiciones que os reporten el provecho salutífero que os precisa. Hombres de bufete: pasad aquí veinte días de esparcimiento y descanso, que sólo ello bastan a contrabalancear los efectos de la vida sedentaria con su agitada monotonía. Madres de familia; todas tan amantes que sois de vuestros hijos, traerlos a respirar este aire por treinta días, enfermos, valetudinarios, con ánimo, un poco de discreción y cautela, hallareis en este recinto la salud que demandáis. Vos Touristas, los que venís a buscar las impresiones de la moda para matar el tiempo, aquí se os espera. Médicos: mandad sin miedo a vuestros enfermos a este rinconcito que les proporciona agua que los regenera, alimentos que los entonan y atmósfera que los vivifica….”.

Público castellano adinerado

Se intentaba atraer al público castellano adinerado mediante la exposición de las lindezas de la población, de su playa y sus gentes. A todo este público se vende una idílica playa: “La playa es de dos leguas de extensión sin escollos ni peligros, la más apropiada para niños, señoras y bañistas nuevos y en la que se toma el baño con cierto refinamiento de goce; en la que puede internarse el nadador tuto et iucunde; es decir, con seguridad y placer. Playa que satisface todos los gustos y salva todos los inconvenientes, con un recodo pedregoso donde se mantiene el agua plenamente limpia y fresca, siendo la ola de más energía. Rincón cómodo para la púdica señorita y la robusta matrona… Playa en la que se contempla estático y yo he contemplado más de una vez ese color azulado encantador llamado verdemar”.

“Playa en la que se toma el baño con libertad, desahogo y economía se disfruta con toda plenitud y cabal holgura del placer y de la admirable eficacia de la Villeggiatura marítima” y donde “puede cualquiera bañarse desnudo sin miedo de miradas imprudentes y atrevidas”, para añadir “no se ven aquí mezclados y revueltos los dos sexos, como en otras playas angostas, cosa intolerable y que la decencia condena”. Incluso se intentaba atraer inversiones extranjeras. ¿Cuál es el sitio que debe elegirse en esta playa para baños y que al mismo tiempo que cojamos una buena ola, tengamos seguridad y ancho campo a nuestra fantasía? “A mi entender, (según Ibarrondo) ninguno mejor que el llamado la media luna, y en donde si hubiera empresarios activos e inteligentes, o americanos que formando una pequeña sociedad soltaran parné debía levantarse un pabellón balnenario y ponerle en comunicación con Laredo y Colindres por cierto número de coches”.

Sobre los fueros de Laredo, Ibarrondo, en la segunda mitad del siglo XIX, dice que eran: Dios, pesca, chacolí y bañistas. Y añade el citado autor como reclamo turístico a “las yung-ladies de Laredo y Colindres, tan sencillas, cariñosas, joviales …”.

Aunque la realidad era muy diferente a la que se esperaban los turistas, ya que se encontraban con malas carreteras, malos hospedajes y unos medios de transporte lentísimos además de una población no cualificada para atender al turismo, con reclamos no del todo ciertos y que demostraba que aún no se estaba preparados para dar un servicio del todo adecuado a estos veraneantes.

Fuente: eldiariomontañes.es Texto: Báldomero Brígido.

Los Gesatas, los guerreros celtas nudistas

Quien pudiera ver la cara de los legionarios romanos cuando cargaron contra ellos una masa de “guerreros desnudos ya que destacaba por su robustez y lozanía” que solo portaban sobre sus cuerpos numerosos torques de oro, símbolo de su numerosas victorias. ¿Quiénes eran esos valientes que se permitían el lujo de combatir sin armadura?.

Dentro de las sociedades celtas, o más correctamente en los contextos culturales de la Tené, la guerra era parte inherente de su sistema social. Numerosos jóvenes precisaban del honor que daba la lucha para ganarse su sitio en la sociedad por lo que solían recurrir al robo, bandidaje y cuando había suerte participar en una guerra contra otros pueblos. Por suerte para sus poblados la fama de los guerreros de estos pueblos llegó al Mediterráneo y fueron reclamados sus servicios como mercenarios, lo que servía de válvula de escape de esa violencia social…

Estos mercenarios celtas denominados gaesetae por Polibio, es decir lanceros, ya que gaesum es lanza en celta. Ya desde la Segunda Guerra Púnica destacaron como mercenarios en las campañas italianas de Aníbal y las victorias del Lago Trasimeno y Cannas. También en los reinos diadocos tras la muerte de Alejandro Magno o en Sicilia en los ejércitos de Siracusa.

Tras años de soldados de fortuna volvían a sus hogares cargados de riquezas, monedas de oro, vino de Italia y lo más importante prestigio para lograr el ascenso social. Pero una vez en sus tierras natales no se integran en la aldea como un campesino-guerrero más sino que convivían en una especie de hermandad, formando un colectivo independiente del resto de la tribu o el clan. Tenían sus propias normas grupales y sus tabúes o geissi, entre los que destacan la obligación de socorro de sus compañeros de armas y el culto al dios de la guerra, conocido como Camulos en las islas británicas. Sabedores de su fuerza y de la ayuda divina debían acudir al combate sin armaduras, ya que si les protegía la divinidad no necesitaban nada más y lo contrario sería buscarse la ira del dios de la guerra.

Por eso iban al combate desnudos como parte de un ritual religioso que los romanos no comprendían y buscaron explicaciones más racionales. Polibio describe que el hecho de quitarse la ropa fue para evitar que los ropajes se enredasen en los abundantes arbustos del campo de batalla. Incluso ciertos autores modernos ven una base higiénica en esta costumbre ya que se evitaría la infección de las heridas ya que la ropa solía estar muy sucia. Pero se tiene que destacar que siempre que en los textos clásicos se menciona a celtas desnudos están combatiendo como mercenarios por lo que nos encontraríamos con gesatas.

Los pueblos celtas solían emplear tatuajes como protección mágica mediante figuras en espiral en torso, brazos y rostro por lo que debían lucirlos en la batalla yendo desnudos o por lo menos el torso. Un ejemplo particular serían los habitantes de gran Bretaña que se pintaban con glasto, un tinte vegetal de color azul oscuro.

Alguno de vosotros pensara, no son tan valientes ya que llevan escudos. La respuesta en sencilla para ellos era un arma, al igual que la espada y la lanza, no una armadura por lo que era su deber acudir con él a la guerra.

En la mayoría de las representaciones los guerreros desnudos no llevan casco por los mismos motivos, además por una razón más importante para ellos. Al igual que nuestros jóvenes que no se ponen la visera para no despeinarse su tupé (o al contrario, no se quitan la visera porque están despeinados) los celtas solían peinarse de una forma muy particular y con gran carácter simbólico. Para muchos celtas el animal totémico por excelencia era el caballo y su diosa protectora era Epona. Como describió Polibio “Se lavan el pelo con agua de cal y lo peinan hacia atrás, por lo que poco se distingue de la crin de un caballo” esto producía un endurecimiento del pelo que impedía el uso de cascos además de convertir el peinado en una especie de yelmo, cual pankie premoderno.

Fuente: bellumartis.blogspot.com.es Texto: Francisco García Campa.